Celaya enfrenta una elección intermedia marcada por un dilema: ¿apostar por la continuidad del alcalde o abrir paso a un nuevo liderazgo? La discusión no es menor, pues la reelección se ha convertido en un tema sensible en la política local.
Los datos muestran que la mayoría de los encuestados rechaza la reelección, y la historia reciente confirma que en Celaya esa vía ya fracasó. El caso obliga a revisar encuestas, antecedentes y escenarios para entender por qué la continuidad del alcalde se percibe más como riesgo que como oportunidad.
Los partidos políticos nacen, crecen y se desvanecen
El comportamiento histórico del electorado
El PAN, desde la elección intermedia de 2003 hasta la de 2024, mantiene en promedio 80 mil votos por elección municipal. Morena ha tenido grandes saltos: en el 2015 obtuvo 10,362 votos con Antonio Chaurand como candidato (perdió, pero aceptó después la Dirección de Cultura); en el 2018 alcanzó 45,234 votos con Italia Almeida; en el 2021 subió a 46,551 votos con Carmen Castrejón. En la pasada elección Morena ganó la alcaldía con 107,723 votos (46.1%) frente a 79,805 de la coalición PAN–PRI–PRD: una ventaja de 27,918 votos.
Un dato revelador es que mientras el PAN ha mantenido su nivel de votación durante 21 años, Morena se nutre del voto que otros partidos, como el PRI, han dejado en el camino, y de electores de reciente inscripción en el padrón: un voto que en algún momento puede volatilizarse o convertirse en abstención.
En la elección presidencial del 2018, la participación ciudadana fue de 188,531 votantes; en la elección intermedia del 2021 fue de 160,753; en la elección de 2024 fue de 233,609: la cifra volvió a subir por tratarse de una elección presidencial. La que viene será intermedia, y se espera una baja en la votación.
Desaprobación y rechazo. Una postal que se repite
Para comprender a fondo la complejidad de este proceso electoral, es importante analizar cuatro temas: la aprobación y desaprobación del desempeño del alcalde, la intención de voto por partido, la preferencia por candidato y la posible reelección del alcalde.
Con este propósito analicé en paralelo las mediciones de siete casas encuestadoras, un ejercicio que otorga una visión más robusta, confiable y representativa que depender de una sola. Permite distinguir entre un resultado aislado y una tendencia real, reduce sesgos metodológicos y ofrece un rango de variación que da mayor certeza sobre los resultados.
La aprobación y desaprobación del alcalde fue medida por siete casas encuestadoras: Statistical ResearchCorporation (SRC), Gobernarte, Ranking de alcaldes de México C&E, Massive Caller, Cripeso, Consulta Mitofsky y Demoscopia Digital. Al promediar las 53 mediciones se obtuvo una aprobación anual de 45.6%, con una mediana de 44.2%. La desaprobación, de 54.4%, supera a la aprobación (saldo neto de -8.9 puntos).
Solo una de las siete casas encuestadoras le da aprobación mayoritaria durante todo el año, y en nueve meses el promedio no ha salido de una franja de 2 puntos. A ocho meses de la elección, no hay señal de que la aprobación esté repuntando; la mediana, de hecho, desciende. Para la reelección, esto significa que el alcalde no llega al 2027 con un activo de aprobación que compense el desgaste de buscar un segundo periodo: su nivel es estable, pero bajo.
Es importante destacar que la dispersión entre encuestadoras es amplia (16 puntos de diferencia), lo que obliga a leer los resultados como una tendencia general de desaprobación.
¿Quién va primero: el partido o el candidato?
En una encuesta de intención de voto, el cuestionario para captar la información puede desglosarse en dos preguntas: ¿Por qué partido votaría? Del total de respuestas se separa a los simpatizantes de cada partido. A ese segmento o subgrupo se le hace una segunda pregunta: ¿Quién le gustaría que fuera el candidato?
Estas preguntas pueden abordarse de dos maneras: una, de manera espontánea —abierta—, cuando el ciudadano responde libremente el nombre que tenga en mente. Dos, cuando se presenta una lista de candidatos y se pide elegir —respuesta asistida, cerrada o con listado—. Esta última forma explica por qué los nombres de los aspirantes se repiten, aunque los porcentajes difieran de una encuesta a otra.
El partido o la marca como fortaleza
En relación con la primera pregunta, la intención de voto por partido, hasta septiembre de este año Gobernarte, Massive Caller y Rubrum suman 12 encuestas. En el promedio de las tres, Morena aventaja al PAN 38.5% contra 29.1%: 9.4 puntos, con un margen de ±3.9. En voto efectivo, sin indecisos, la relación sería de 43.9% contra 33.2%.
La serie de Rubrum, cuya medición más reciente se levantó el 19 de septiembre, muestra una ventaja de 7.8 puntos en julio, 6.0 en agosto y 4.4 en septiembre: la ventaja de Morena se redujo casi a la mitad. El que crece es el PAN, que sube 4.3 puntos, contra 0.9 de Morena, mientras los indecisos bajan 2.6 y el PRI y MC pierden 1.4 puntos cada uno. En términos netos, lo que dejan los indecisos y los partidos pequeños lo capta sobre todo el PAN.
Los aspirantes a candidato: ¿más de lo mismo?
En relación con la segunda pregunta, estas mismas tres encuestadoras midieron a los posibles aspirantes de Morena a la alcaldía de Celaya; la lista incluye a legisladores federales y locales, integrantes del Ayuntamiento, servidores públicos y al propio alcalde.
Las tres encuestas muestran un escenario fragmentado: Juan Miguel Ramírez (alcalde) es puntero en Gobernarte y Massive Caller con 26% de preferencia, y segundo con 23% en Rubrum. Antonio Chaurand es puntero en Rubrumcon 31.9%, pero tercero en las otras dos con 15%. Edith Moreno oscila entre 14 y 19% de preferencia. Otros aspirantes (Trejo, Rosales, Guerrero) registran porcentajes menores, entre 6 y 16%, pero son significativos como factores de dispersión.
La asimetría es evidente: ningún aspirante supera el 32% en las tres mediciones, lo que refleja una competencia interna sin hegemonía. Tanto el alcalde como Chaurandconcentran apoyos limitados: el alcalde, aun siendo puntero en dos mediciones, no logra más de 2.7 de cada 10 simpatizantes de Morena. Chaurand, aunque lidera en Rubrum, solo convence a 3 de cada 10 simpatizantes. Esto significa que la interna de Morena está marcada por un rechazo relativo y por la dispersión de las preferencias: los punteros son visibles, pero no dominantes. En términos llanos, sus aspiraciones no convencen ni siquiera a los simpatizantes de Morena. Ello demuestra que ser visible no significa ser viable.
Es importante subrayar que los aspirantes medidos no constituyen un listado oficial ni completo. Apenas se abrió el registro interno en Morena, lo que implica que podrían incorporarse nuevos perfiles como Gerardo Sierra, Ara Morales, Víctor Sinecio o Juan Almaraz Vilchis. Si esto ocurre, la ventaja de cualquiera de los actuales aspirantes puede diluirse, porque los nuevos aspirantes a Coordinador(a) Municipal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional podrían resultar más conocidos o tener mayor legitimidad pública.
Ser alcalde no asegura la candidatura, ni mucho menos el triunfo
La experiencia electoral ofrece ejemplos de que el cargo no garantiza la postulación, y mucho menos el triunfo. Entre los alcaldes del país que buscaron la reelección en 2021, ganó cerca de la mitad: 193 de 400, es decir, 48.3%; en 2018, en una muestra de 169 casos, ganó el 55%.
En ese mismo sentido, de 60 alcaldes que la empresa Rubrum midió en febrero de 2024, 42 ganaron la elección, 12 compitieron y perdieron, y 6 no llegaron a inscribirse. La aprobación influyó como tendencia, pero pesó más el partido: en Morena ganaron 23 de los 24 que compitieron.
La lección es clara: la reelección no es, por sí misma, una ventaja ni una desventaja; depende de cada caso, y el primer filtro fue el partido, no el votante. Cuatro de los seis que no compitieron querían reelegirse, pero su partido postuló a otra persona.
Sufragio efectivo, sí reelección
La reforma político-electoral de 2014, que abrió la puerta a la reelección consecutiva de presidentes municipales hasta por un periodo adicional (máximo seis años en total), tenía como objetivo fortalecer la rendición de cuentas y dar continuidad a proyectos municipales que suelen quedar truncos en tres años. A la luz de los resultados, la reforma constitucional impulsada por Morena pondrá fin a la reelección a partir de 2030.
El antecedente local de reelección
El único intento reciente de reelección en Celaya fracasó. Javier Mendoza ganó en 2021 con el PAN y buscó repetir en 2024 con la coalición PAN–PRI–PRD. Conservó completo su bloque (79,805 votos), pero no sumó votos nuevos: en esa misma eleccoión votaron 73 mil nuevos votantes más que en 2021 y, en términos netos, ninguna se fue con el PAN. Perdió por 12 puntos.
Según Consulta Mitofsky, entre febrero y junio de 2024 Javier Mendoza Márquez promedió una aprobación de desempeño de 32.9%, y en la elección obtuvo 34.2% de los votos: su voto fue prácticamente igual a su aprobación. En la misma línea, en las encuestas de Rubrumlevantadas entre octubre de 2023 y marzo de 2024 alcanzó 69% de rechazo a su reelección. Compitió y perdió.
El rechazo a la reelección en Celaya
En Celaya, la reelección dejó de ser incentivo social: la ciudadanía la percibe como continuidad de errores y desgaste político, no como oportunidad de mejora. Al no percibir avances significativos, interpreta la continuidad como el riesgo de prolongar un modelo de gobierno desgastado y cuestionado.
La ciudadanía votó en el 2024 por el partido y la figura presidencial. Eso explica el derrumbe casi inmediato de la aprobación del alcalde Juan Miguel Ramírez: las encuestas registran caídas de más de 20 puntos. Algunos picos positivos suelen asociarse a los proyectos federales como el Tren de Pasajeros, la construcción del Hospital Regional del IMSS, las Ferias de la Paz o los apoyos sociales del Bienestar que alcanzan a cerca de 200 mil personas en Celaya.
Los resultados sobre una posible reelección del alcalde no son nuevos: datan del año pasado y han variado poco. Tres de cada cuatro celayenses rechazan su reelección: 75.5%, con margen de ±3.7 (Massive Caller, septiembre de 2026). Aun así, el rechazo creció: de diciembre del año pasado a junio de este año osciló entre 66.2% y 69.4%; en septiembre subió 7.3 puntos.
Lo evidente es que el rechazo rebasa a la desaprobación: ambos son negativos, pero uno es mayor que el otro. Entre ellos hay una diferencia de 19.7 puntos que parecería una contradicción, pero tiene una explicación clara: es el voto de ruptura, el de ciudadanos que, más allá de desaprobar, rechazan la continuidad como un riesgo mayor que los errores de gestión.
De los datos a los votos
Por todo lo anterior, surge la pregunta primordial: si el alcalde fuera el candidato en busca de la reelección, ¿conservaría Morena su ventaja actual —intención de voto por partido— o la perdería? Para responder es útil realizar una proyección de escenarios, convirtiendo porcentajes en votos.
Para la elección de 2027 se estima que la lista nominal crezca a 425 mil registros, con una participación promedio de 183 mil votantes: unos 51 mil menos que en 2024, por tratarse de una elección intermedia.
Como punto de partida: en 2024, con 57.3% de participación, Morena obtuvo 107,723 votos y la coalición PAN–PRI–PRD, 79,805.
Si Morena va con reelección sin castigo, alcanzaría entre 74 y 87 mil votos, suponiendo que el alcalde obtenga un porcentaje de votos similar a su aprobación, como le ocurrió a Mendoza Márquez. Su aprobación (45.6% en promedio, 42.6% en mediana) ronda el voto efectivo de Morena (43.9%). Es el escenario más especulativo, porque el rechazo a la reelección es objetivo y está medido.
Si Morena va con reelección y voto de castigo, alcanzaría entre 61 y 67 mil votos, suponiendo que el alcalde retenga 8 de cada 10 votos de la marca. No es un dato medido, pero está acotado entre la aprobación mediana de desempeño (42.1%) y el porcentaje de quienes están a favor de la reelección (24.5%). El riesgo es de unos 16 mil votos menos. El castigo es la resta invisible: votos que se pierden no por desaprobación, sino por el rechazo tajante a la continuidad.
Si Morena va con candidato nuevo, alcanzaría entre 76 y 84 mil votos, al aplicar su voto efectivo promedio (43.9%), registrado en las encuestas de intención de voto de septiembre, a los votantes que se esperan en 2027 (183 mil en promedio). Lo lograría porque no cargaría con el lastre del rechazo al actual alcalde.
En cuanto al Partido Acción Nacional, alcanzaría entre 62 y 70 mil votos; en alianza con el PRI podría llegar a entre 76 y 80 mil votos. Se toma su historia electoral como piso, porque las encuestas miden a toda la población adulta y el voto panista no ha bajado en ninguna elección intermedia.
El falso escalón y la caída
La reelección no suma votos a la marca Morena. Aun sin castigo, el mejor resultado del alcalde sería igualar al de un candidato nuevo, y eso ya sería casi un milagro. Si el rechazo a la reelección se traduce en castigo, Morena bajaría a una zona de riesgo, con la posibilidad real de perder la elección.
Si el alcalde busca la reelección y retiene menos de 8 de cada 10 votos de su partido, sin necesidad de alianza gana el PAN; contra la alianza PAN–PRI, necesitaría retenerlos prácticamente todos. Con reelección y alianza opositora, la derrota estaría cantada.
Por si la reelección no fuera suficiente
Hay factores que podrían agravar este escenario. El primero, una ruptura interna: si la designación por encuesta deja inconformes y un aspirante compite por otro partido, se repetiría el efecto de 2018, cuando un independiente con 38,118 votos dividió el voto no panista. Es una inferencia basada en la experiencia.
El segundo: si el PVEM y el PT van con candidatos propios y competitivos, Morena saldría perjudicada. En la elección pasada sumaron 16,287 votos, que podrían estrechar los márgenes de competencia con la oposición.
El tercero: SOMOS, partido de reciente creación, ha tenido una respuesta aceptable, y el desencanto con la reelección puede orientar votos hacia sus candidaturas.
El cuarto: el PAN todavía no tiene perfil definido. Jorge Gámez y Carlos Ruiz, punteros entre sus simpatizantes, aún no manifiestan plenamente su interés por convertirse en defensores de la patria, la familia y la libertad. Si el PAN define a su candidato antes que Morena, tendrá una ventaja significativa.
El quinto, la abstención: en la elección intermedia hay votantes de la pasada que no regresarán porque el incentivo de la figura presidencial desaparece. Solo por esa razón, en 2027 dejarán de votar unas 51 mil personas; si más de la mitad de esos votantes fueran de Morena y el bloque PAN–PRI conservara sus 80 mil, Morena perdería.
Como el incremento de 2024 fue para Morena del incremento de los nuevos registros en el padrón electoral, la consecuencia natural es que la abstención de 2027 salga, sobre todo, de su voto.
El sexto la inseguridad. Los resultados de la elección pasada tuvieron un agregado que no se debe pasar por alto: la presencia del crimen organizado y su intervención, sobre todo, en las comunidades. En 2027, el control de la seguridad debe recaer forzosamente en el gobierno federal; eso dará credibilidad al proceso y podría dar un giro a los resultados.
No más de lo mismo
Si la alternativa es otra u otro candidato para evitar una elección cerrada y peligrosa, e incluso la derrota, no debe ser un sustituto semejante a lo que la ciudadanía rechaza. Es decir, no debe ser más de lo mismo. Debe garantizar honestidad, distancia de las redes de privilegio y de la frivolidad, legitimidad para representar los intereses de los electores y aquello de lo que más carece la actual administración: liderazgo político, trayectoria profesional real, solidez académica, experiencia laboral que garantice capacidad de gestión y administración. La marca ayudará a ganar, pero no hará milagros en el gobierno.
REVOLCADERO. En la política, como en el mar, las olas sacan la basura.

