Opinión

TU VIDA NO TIENE QUE VERSE ESPECTACULAR PARA ESTAR FUNCIONANDO

Cortazar, Guanajuato

Estefanía Montero

Hemos aprendido a confundir una vida interesante con una vida que puede presumirse

Existe una presión silenciosa por hacer que nuestra vida parezca extraordinaria. No necesariamente queremos una vida extraordinaria para nosotros mismos; muchas veces queremos que los demás puedan verla de esa manera.

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la manera en que tomamos decisiones.

Una vida puede ser tranquila, estable y profundamente satisfactoria sin producir fotografías espectaculares. Puede consistir en un trabajo que disfrutamos, una casa sencilla, algunas personas importantes, cierta estabilidad económica y suficiente tiempo para descansar.

Eso puede parecer poco impresionante en internet.

Pero quizá sea exactamente lo que muchas personas están buscando.

El problema es que hemos construido una cultura en la que el éxito necesita ser visible. Si viajamos, queremos mostrarlo. Si conseguimos algo profesionalmente, queremos comunicarlo. Si tenemos una relación, la fotografiamos. Si compramos algo, lo compartimos. Incluso los momentos de descanso pueden convertirse en contenido.

No hay nada malo en compartir.

El problema comienza cuando empezamos a elegir nuestras experiencias pensando primero en cómo se verán.

Entonces una cena deja de ser una cena y se convierte en una fotografía.

Un viaje deja de ser simplemente un viaje y se convierte en una colección de imágenes.

Un logro deja de ser satisfacción personal y se convierte en una publicación esperando reconocimiento.

Poco a poco dejamos de preguntarnos si algo nos hace felices y comenzamos a preguntarnos si parece felicidad.

Eso es agotador.

También puede ser muy caro.

Mantener una imagen de éxito puede requerir gastos que no necesitamos, compromisos que no queremos y un ritmo de vida que difícilmente podemos sostener. Hay personas que están financieramente presionadas por intentar mantener un estilo de vida que consideran necesario para demostrar que les está yendo bien.

La apariencia termina pagando una factura real.

Y quizá deberíamos recuperar cierta dignidad por las vidas discretas.

No todo tiene que ser extraordinario.

Hay algo profundamente valioso en poder llegar a casa y estar tranquilo. En tener una relación donde no existe la necesidad de demostrar constantemente felicidad. En disfrutar un trabajo sin convertir cada logro en una marca personal. En poder ahorrar dinero aunque eso signifique viajar menos. En tener tiempo para los padres, los amigos o simplemente para uno mismo.

Una vida funcional puede parecer aburrida desde afuera.

Eso no significa que lo sea desde dentro.

El problema de vivir para parecer exitosos es que siempre habrá alguien que parezca tener más. Más dinero, más viajes, más reconocimiento, una casa más grande, una relación más romántica o una carrera más impresionante.

Si nuestra satisfacción depende de la comparación, nunca tendremos suficiente.

Siempre habrá otra persona.

Por eso necesitamos recuperar una pregunta que parece sencilla pero que pocas veces hacemos: ¿qué significa para mí que mi vida esté funcionando?

La respuesta no debería depender exclusivamente de lo que otras personas consideran éxito.

Tal vez para alguien signifique estabilidad económica.

Para otra persona, tener tiempo para sus hijos.

Para alguien más, poder dedicarse a un trabajo que le gusta.

Para otra persona, vivir con menos responsabilidades.

No existe una medida universal.

Y tampoco necesitamos justificar nuestra definición frente a todo el mundo.

Una vida tranquila no es una vida fracasada.

Una persona que no publica sus logros no significa que no tenga ninguno.

Alguien que no viaja constantemente no necesariamente está desperdiciando su juventud.

Una relación que no aparece en redes sociales puede ser profundamente feliz.

Una casa que no parece de revista puede ser un hogar extraordinario.

La vida real no necesita escenografía.

Quizá uno de los signos más claros de madurez sea dejar de intentar convencer a los demás de que estamos bien.

Cuando sabemos que una decisión es correcta para nosotros, no siempre necesitamos explicarla.

Y cuando nuestra vida funciona, quizá tampoco necesitamos demostrarlo.

El éxito más importante puede ser precisamente aquel que nadie ve.

Dormir tranquilos.

Tener personas en quienes confiar.

Poder pagar nuestras obligaciones.

Disfrutar nuestro tiempo.

Sentir que no estamos interpretando un personaje.

Tener libertad para decir que no.

Saber que podemos cerrar la puerta de nuestra casa y dejar afuera la opinión de los demás.

Eso quizá no parezca espectacular.

Pero puede ser una vida extraordinariamente buena.

Al final, nadie más tendrá que vivir nuestra vida.

Los demás pueden opinar sobre ella, compararla o juzgarla, pero no tendrán que levantarse con nuestras decisiones ni cargar con sus consecuencias.

Por eso quizá deberíamos dejar de construir vidas que se ven bien desde afuera y comenzar a construir vidas que se sienten bien desde dentro.

No necesitamos que nuestra existencia parezca una revista.

Necesitamos poder vivirla.