Opinión

MORENA, UN NOVEDOSO “CLUB DE EGOISTAS” PROPENSO A LA DISOLUCIÓN…

Por: Íñigo Javier Rodíguez Talancón.

Max Stirner, polémico pensador alemán antecedente directo del anarquismo, sacudió la historia del pensamiento político en 1844 con la publicación de su obra El Único y su Propiedad. Su tesis central es radicalmente pragmática: las abstracciones colectivas—el Estado, la historia Patria, la Justicia Social—son meros “fantasmas” ideológicos inventados por las élites para someter al individuo común. Para Stirner, el ser humano real es por naturaleza el “Único”, un egoísta absoluto guiado por su propio interés o beneficio. La única forma posible de asociación es una “Unión de Egoístas”: un pacto voluntario y temporal entre individuos racionales que se agrupan exclusivamente para buscar multiplicar su poder y capturar «propiedad», disolviéndose cuando el beneficio mutuo desaparece.

Tanto Max Stirner como Friedrich Nietzsche, ambos considerados como “pensadores de demolición” de la tradición filosófica alemana, compartían diagnósticos casi idénticos sobre la decadencia de los valores de la sociedad occidental. Aunque radicales, y por ello tachados de inválidos por muchos otros intelectuales de su época, entre ellos Karl Marx, imprimieron sellos originales e influyentes en gran parte de la filosofía contemporánea …

Bajo ese lente descarnado y radical, la historia política de México parecería cobrar plena vigencia sobre un sentido estrictamente stirneriano. El sistema presidencial de partido único del siglo XX no nació de la pureza ideológica de la Revolución Mexicana, sino de un arduo y conflictivo proceso de agregación de intereses de grupos e individuos. Tras la violencia de la década de 1920, el asesinato de caudillos como Zapata, Villa y Obregón funcionó como un crudo mecanismo de depuración autofágico. La fundación del PNR-PRM-PRI fue la institucionalización de ese “club de egoístas”. El control total de los recursos nacionales se convirtió así en propiedad privada de facto del grupo gobernante, mientras que el discurso de la Revolución operó como el “fantasma” perfecto para exigir la sumisión de los gobernados. El club funcionó con disciplina mafiosa durante décadas hasta que las reglas del reparto presupuestal fallaron y la maquinaria colapsó.

Hoy, el mapa político experimenta una reorganización que responde a la misma lógica. El desmoronamiento de la oposición no corresponde a una derrota moral, sino a la emancipación egoísta de sus propios cuadros. Al percatarse de que las siglas del PRI, PAN o PRD ya no garantizaban fuero, impunidad ni presupuesto, sus líderes y otros militantes abandonaron los gastados fantasmas del “nacionalismo revolucionario” y se mudaron en masa hacia el nuevo centro de gravedad.

Morena ha emergido así, como la pretendida nueva Unión de Egoístas de nuestro tiempo. Ha empezado a estructurar su club con una membresía sustancialmente ampliada. Por un lado, incorpora las lealtades de millones de ciudadanos mediante transferencias económicas directas. Por el otro, asimila de forma pragmática a caciques regionales, tránsfugas de la oposición y, de manera cada vez más evidente según analistas de seguridad, a los poderes fácticos del crimen organizado que ya controlan amplios territorios. Para legitimarse, el sistema sustituyó los viejos mitos revolucionarios por un nuevo y potente fantasma místico: “el Pueblo bueno y sabio”.

Sin embargo, a diferencia del PRI clásico, Morena es un club de egoístas en ciernes y aún no definitivo. Se encuentra en su propia “etapa de caudillos”, transitando un ecosistema darwinista donde las facciones compiten ferozmente por definir las nuevas reglas de admisión. La cohesión original del partido descansaba en el liderazgo indiscutible de su fundador, quien fungía como el árbitro último capaz de aplacar las ambiciones individuales.

En la actual coyuntura hacia los comicios intermedios, la función de la presidenta Claudia Sheinbaum como vicaria de ese legado enfrenta límites estructurales profundos. En la estricta lógica de Stirner, el poder real sobre un conjunto de egoístas no se delega ni se hereda: se ejerce mediante la fuerza aplicada y la capacidad inapelable de distribuir el botín. Ante una figura percibida como administradora y no como dueña originaria del mito, el cálculo de los actores locales muta del respeto a la negociación insolente y descarnada.

La reciente definición de coordinadores estatales (candidatos de facto) para 17 gubernaturas ha comenzado a mostrar fracturas inocultables. Cuando los espacios de poder resulten insuficientes para saciar las ambiciones de la enorme masa de nuevos militantes o “conversos” arribistas, las exhortaciones morales a la unidad carecerán de cualquier valor práctico.

El riesgo inminente para la preeminencia electoral del oficialismo es que el partido degenere en una federación ingobernable de intereses feudales—formales y fácticos—. Y esto sucederá cuando ya no se pueda ocultar la debilidad en la conducción central. Así, el canibalismo político escalará de una depuración hasta ahora controlada, a una fragmentación caótica poniendo en vilo la hegemonía del nuevo régimen; y esto, todo indica, ya ha comenzado …