Sergio Hernández N.
Como en todas las ciudades con años desde su creación, Villagrán no podría quedarse atrás sin contar leyendas que caracterizan a su sociedad, sin que falte la imaginación de quienes las cuentan y las transmiten de persona a persona.
Así, llega hasta nosotros la leyenda de La Cruz a la que se le tiene gran respeto, se le venera y se le lleva en andas por diferentes calles de la ciudad, a cargo de sus celadores en fechas específicas como el 3 de mayo, Día de la Santa Cruz.
La leyenda dice que en la zona del “aguaje” se reunían los pastores que cuidaban grandes hatos de borregos y chivas, que normalmente se concentraban en el gran “charco” en el que los animales bebían antes de regresarlos a los corrales de sus dueños.
Todos los días, el patrón de Bulmaro Mulero le contaba las cien chivas y borregas que después de llevarlas a pastar durante todo el día, las juntaba en el abrevadero, y las llevaba a los corrales para pasar la noche.
Un día de tantos se juntaron varios pastores con todos los borregos para dejarlos beber, y ellos comenzaron también a beber, pero con aguardiente, y aunque Bulmaro no quería al principio, las presiones, vaciladas y retos de sus amigos doblegaron su voluntad y tomó algunos tragos.
Desgraciadamente no se fijó que uno de los animales se separó del grupo y se perdió en la todavía pradera de lo que sería en años venideros, Villagrán.
Bulmaro se retiró mareado a encerrar los animales como siempre lo hacía, pero sin darse cuenta de que le faltaba uno.
Cuando llegó ante su patrón que comenzó a contarlos como todos los días, notó que le faltaba uno.
Todos sabían que “el Patrón” era muy iracundo “muy maldito”, decían sus conocidos, porque maltrataba a sus trabajadores, tanto los de adentro de la hacienda como con los que le rodeaban, y que, de una forma u otra, le debían favores, principalmente relacionados con dinero.
Por la pérdida, de inmediato le reclamó airadamente y con groserías el animal faltante, y Bulmaro Mulero hasta “el cuete se le bajó”, pero el Patrón, al verlo mareado por el aguardiente, lo acusó de que lo vendió para gastarse el dinero con sus amigos
Bulmaro lo negó siempre, insistentemente, y le dijo que se separó del rebaño y se perdió, pero que lo buscaría para regresarlo.
De nada sirvieron las excusas, y el malvado Patrón dijo que en castigo lo colgaría de un árbol frente a la entrada del templo de la Purísima, para que sirviera de escarmiento para otros trabajadores, para que no se robaran los animales y que se empeñaran en hacer bien su trabajo.
El árbol era un frondoso mezquite de donde salían unas ramas muy fuertes, crecidas como resultado de varios años; una fue cruzada por la cuerda en la que en un extremo había el lazo corredizo de la muerte y que le fue colocado en el cuello de Bulmaro que atado con las manos atrás, solo rezaba y pedía perdón, pero de nada sirvió.
La cuerda se tensó con el peso del cuerpo que comenzó dar convulsiones hasta que los pies colgantes quedaron inmóviles, luego lo bajaron, le rezaron y lo sepultaron.
Cuentan los vecinos que a las pocas semanas, increíblemente el gran árbol de mezquite se secó, y de la rama en la que fue colgado Bulmaro, se talló una cruz que como herencia y recuerdo del castigo al inocente Bulmaro, ahora la custodia un grupo de celadores encargados de su conservación, y la que llevan en ceremonias especiales, pues creen que, en el símbolo cristiano, está el alma de Bulmaro que murió sin culpa.
Se dice que después de algunos días, apareció la chiva que se separó del grupo, y que fue la causante de la muerte de Bulmaro, pero ya sin remedio y ahora se convirtió en una de tantas leyendas de Villagrán.


