Por Estefanía Montero
La toma de protesta del nuevo Poder Judicial en México no es un acto democrático, es una advertencia. Se nos vendió la idea de que ahora “el pueblo manda” porque se elegirán directamente jueces y magistrados. Suena atractivo en el discurso, pero en la práctica es un movimiento que erosiona la división de poderes y abre la puerta a un sistema donde el poder ya no se controla, sino que se concentra.
En cualquier democracia madura, el Poder Judicial funciona como árbitro independiente. No compite por votos, no se alinea con partidos, no obedece encuestas. Su única lealtad debería ser la Constitución. En México, ese principio está en riesgo. La elección popular de jueces no garantiza independencia; al contrario, los convierte en actores políticos que deben responder a quienes financiaron y respaldaron su campaña.
El problema no es sólo técnico, es político y social:
– Captura partidista. Quien tenga mayoría política tendrá, tarde o temprano, mayoría judicial. Eso significa que el poder ya no tendrá límites.
– Retroceso institucional. Costó décadas construir un sistema de justicia que, aunque imperfecto, avanzaba hacia mayor autonomía. Hoy ese camino se borra de un plumazo.
– Pérdida de confianza. La ciudadanía no necesita jueces “populares”, necesita jueces que resuelvan con imparcialidad y valentía.
Los jóvenes deben mirar este tema con atención. En un país con violencia desbordada, desapariciones y desigualdad, lo último que necesitamos es un sistema judicial sometido al poder político. Si no hay jueces independientes, ¿quién defenderá a las víctimas?, ¿quién detendrá los abusos de la autoridad?, ¿quién asegurará que la ley se aplique igual al poderoso que al ciudadano común?
El reto para México es mayúsculo. Con este nuevo Poder Judicial, las garantías individuales se vuelven más frágiles, las inversiones más inciertas y la justicia más lejana. Estamos frente a un retroceso disfrazado de avance.
La democracia no se mide por aplausos en la plaza pública, sino por la solidez de sus instituciones. Hoy nuestra democracia es más débil. Y si no entendemos a tiempo lo que esto significa, pronto descubriremos que cambiar jueces por votos no fue un triunfo popular, sino la derrota silenciosa del Estado de derecho.
