Opinión

¿TE GUSTA ESA PERSONA O TE GUSTA CÓMO TE HACE SENTIR?

Cortazar, Guanajuato

Estefanía Montero

A veces creemos estar enamorados cuando, en realidad, estamos disfrutando de la sensación de ser elegidos

Hay una etapa particularmente engañosa cuando alguien comienza a interesarnos. Todo parece adquirir significado. Un mensaje puede mejorar el día entero. Una invitación puede generar una emoción desproporcionada. Una mirada puede convertirse en una señal que analizamos durante horas. Empezamos a preguntarnos qué quiso decir, por qué tardó en contestar, por qué escribió de determinada manera y si el hecho de que recuerde algún detalle significa que está sintiendo lo mismo que nosotros.

Es una etapa emocionante, pero también peligrosa, porque todavía conocemos muy poco a la persona.

Y cuando conocemos poco, nuestra imaginación completa los espacios vacíos.

Eso es perfectamente humano. Todos construimos expectativas. El problema aparece cuando terminamos enamorándonos de una versión que nosotros mismos inventamos y no de la persona que realmente tenemos delante.

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando alguien nos interesa: ¿qué me gusta de esta persona además de la manera en que me hace sentir?

Parece sencilla, pero obliga a separar dos cosas que solemos mezclar. Una persona puede hacernos sentir atractivos, importantes, deseados o interesantes y eso puede ser maravilloso. Sin embargo, la sensación que produce no necesariamente significa que exista compatibilidad.

Nos gusta que nos escriba, pero quizá no admiramos su manera de tratar a los demás. Nos encanta cómo nos mira, pero no compartimos sus valores. Nos emociona que nos busque, aunque no sabemos si realmente disfrutaríamos construir una vida con esa persona. Nos gusta sentirnos elegidos, pero eso no significa necesariamente que nosotros la elegiríamos si desapareciera la atención.

La diferencia se vuelve evidente cuando la atención disminuye.

Hay vínculos que parecen intensos mientras existe incertidumbre. Si la otra persona escribe, desaparece, vuelve a aparecer y nunca termina de explicar qué quiere, nuestra mente puede quedar atrapada intentando resolver el misterio. Pensamos constantemente en ella, revisamos el teléfono, esperamos una señal y buscamos explicaciones. A veces interpretamos esa obsesión como prueba de que estamos profundamente enamorados.

No necesariamente.

También puede ser ansiedad.

La incertidumbre tiene la capacidad de mantener nuestra atención durante mucho tiempo. Cuando no sabemos qué significa algo, queremos resolverlo. Y mientras buscamos la respuesta seguimos emocionalmente conectados con la situación.

Por eso algunas relaciones son difíciles de abandonar incluso cuando no son particularmente buenas. No siempre estamos aferrados a una persona; en ocasiones estamos aferrados a una pregunta sin respuesta.

Una relación sana, en cambio, suele tener algo que puede parecer poco emocionante en comparación: claridad.

No significa que nunca existan dudas ni conversaciones difíciles. Significa que ambas personas pueden hablar de lo que quieren y actuar de acuerdo con ello. No hace falta interpretar cada silencio como una señal ni convertir cada mensaje en evidencia.

La compatibilidad tampoco suele ser tan espectacular como la fantasía.

Cuando imaginamos una relación, pensamos en la atracción, en los viajes, en las cenas, en la complicidad y en todos aquellos momentos que parecen propios de una historia romántica. Sin embargo, compartir una vida implica mucho más. Significa descubrir cómo maneja la otra persona el dinero, el estrés, el conflicto, la frustración, el trabajo y los problemas familiares. Significa conocer su forma de pedir perdón, su capacidad para respetar límites y su disposición para asumir responsabilidades.

Es posible sentir una atracción extraordinaria por alguien que sería una pésima pareja.

También es posible sentir una conexión profunda con alguien y descubrir que los proyectos de vida son incompatibles.

El amor no elimina esas diferencias.

Quizá uno de los errores más comunes consiste en pensar que sentir mucho es suficiente. Nos enseñaron a valorar la intensidad como prueba de autenticidad. Si una relación nos hace sufrir, si nos mantiene pensando todo el día, si nos provoca celos, si tiene reconciliaciones dramáticas y momentos de enorme emoción, podemos llegar a creer que estamos frente a algo extraordinario.

Pero la intensidad no es necesariamente profundidad.

Una relación puede ser intensa porque es inestable. Puede ser adictiva porque nunca sabemos qué ocurrirá. Puede producir emociones muy fuertes precisamente porque no existe seguridad.

La tranquilidad no significa falta de amor.

A veces significa que no estamos luchando permanentemente por obtenerlo.

Por eso también es importante observar quiénes somos cuando estamos con alguien. ¿Nos sentimos más libres o más inseguros? ¿Podemos expresar desacuerdos? ¿Seguimos teniendo amigos y proyectos propios? ¿Podemos decir que algo nos molestó sin miedo a ser castigados? ¿Podemos establecer límites? ¿Nos sentimos respetados incluso cuando la otra persona no está de acuerdo con nosotros?

Estas preguntas dicen mucho más sobre una relación que la cantidad de mensajes intercambiados durante el día.

También conviene observar cómo trata esa persona a quienes no necesita impresionar. La manera en que alguien se comporta con sus amigos, familiares, compañeros de trabajo o personas que le prestan un servicio puede revelar mucho más de su carácter que la manera en que nos trata durante el periodo inicial de conquista.

Porque conquistar es relativamente sencillo cuando alguien quiere causar una buena impresión.

Convivir es diferente.

La convivencia revela hábitos, paciencia, responsabilidad y carácter.

Y precisamente por eso deberíamos tomarnos más tiempo para conocer a alguien antes de construir una historia completa en nuestra cabeza.

No necesitamos desconfiar de todo el mundo. Necesitamos observar.

La pregunta también funciona en sentido contrario. A veces no estamos realmente interesados en la persona porque estamos demasiado concentrados en la posibilidad de que nos elija. Nuestra autoestima puede convertir cada vínculo en una especie de examen. Si nos quiere, sentimos que tenemos valor. Si deja de buscarnos, interpretamos el rechazo como una sentencia sobre nosotros mismos.

Eso coloca una responsabilidad enorme sobre cualquier relación.

Una pareja puede querernos, pero no puede ser la fuente exclusiva de nuestra autoestima. Puede acompañarnos, pero no debería tener que demostrar permanentemente que somos valiosos. Cuando nuestra seguridad depende de la atención de otra persona, cualquier cambio en su comportamiento puede convertirse en una crisis.

Por eso vale la pena preguntarnos qué estamos buscando realmente.

¿Queremos a esa persona o queremos dejar de sentirnos solos? ¿Nos interesa su personalidad o nos interesa que nos encuentre atractivos? ¿Admiramos sus valores o solamente disfrutamos de que nos trate bien? ¿Queremos construir una vida con ella o solamente queremos que nos elija?

No existe nada malo en disfrutar de la atención de alguien. Es agradable sentirse querido y deseado. Lo importante es no confundir esa satisfacción con amor.

Porque amar a una persona implica conocerla más allá de lo que nos provoca.

Implica observarla cuando está cansada, cuando está frustrada, cuando se equivoca y cuando tiene que asumir una responsabilidad. Implica descubrir si sus valores son compatibles con los nuestros y si podemos respetarnos incluso cuando pensamos diferente.

Tal vez por eso una de las mejores preguntas que podemos hacernos cuando alguien nos interesa sea bastante sencilla: si esa persona dejara de buscarme mañana, ¿seguiría pensando que es alguien a quien quiero conocer?

Si la respuesta es sí, probablemente hay algo más que la gratificación de sentirnos elegidos.

Si la respuesta es no, quizá no estábamos enamorados de la persona.

Quizá estábamos enamorados de cómo nos hacía sentir.

Y reconocer la diferencia puede ahorrarnos mucho tiempo, muchas ilusiones y, en algunos casos, una relación completa construida sobre una fantasía.