Laja-Bajío

Otro pasaje histórico de los Villagrán en Calpulalpan

Sergio Hernández N.

En la columna anterior se explicó que, aunque se pudo detener al obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo cuando regresaba de México a Guadalajara, y no se hizo, no fue tanto por la suerte, sino por voluntad de un hombre, también religioso, aunque a la postre, también fue excomulgado por su víctima, el mismo que lo dejó libre.

Los hechos ocurrieron en Calpulalpan, el 22 noviembre de 1811, y para comprender el porqué no se detuvo al Obispo como quería el Chito Villagrán con el que se le daría un gran triunfo independentista, se debe conocer quién era José María Correa, cura de la comunidad de Nopala.

Este religioso, ya insurgente, con el nombramiento de brigadier por la Junta de Zitácuaro, llegó de ganar varias batallas entre ellas las de Venta Hermosa, Calpulalpan y Villa del Carbón.

Este cura Brigadier, nació en Villa del Carbón allá por el año de 1770, y cuando era párroco de Nopala -Hidalgo-, lo metieron preso en 1810 por simpatizar con Hidalgo, aunque lo soltó el arzobispo Francisco Javier de Lizana y Beaumont, que estuvo en el cargo desde 1803, y luego lo nombró la Junta Suprema de España, como virrey interino de la Nueva España en 1809-1810, poco antes de que estallara el movimiento independentista.

Fue el virrey 58º, y el penúltimo arzobispo-virrey. Después de él vino la guerra que inició Hidalgo.

El cura José María Correa simpatizaba con Hidalgo, aunque no había peleado. Lo arrestó uno de los realistas más duros que mandó España, el Mariscal de Campo José de la CruzFernández, en noviembre de 1810 y lo mandó con el virrey Venegas, quien lo perdonó y se lo dejó a su antecesor, Lizana, quien lo destituyó de su parroquia.

Cuando regresa a Nopala, ve los fusilamientos ordenados por el comandante realista de apellido Andrade y por ello decidió tomar las armas al lado de los insurgentes. A Andrade le salieron caras esas acciones, porque Correa ya con los insurgentes que comandaba, lo derrotó dos veces enseptiembre, una el 11 y la otra el 26.

Correa se encontró el convoy realista que escoltaba el carruaje del Obispo Cabañas, cuando venía de ganarle una batalla a Andrade; comandaba unos mil hombres y lo tenía ya en sus manos como un golpe perfecto pues en lo político, era capturar al obispo que excomulgó a los insurgentes. En lo militar, era un “rehén de oro” para pedir rescate y armas. En lo económico, los obispos viajaban con mulas y plata.

Sin embargo, Correa dio órdenes expresas de dejarlo escapar. ¿La razón? Porque también era sacerdote, y no quiso ser el cura que encarcelara a su obispo. En esta decisión no intervino el “Chito” Villagrán, aunque no se precisó si estuvo o no en la detención del convoy.

Pero el problema fue que a la jerarquía religiosa no le gustó nada esa clemencia. El cura Correa era insurgente, y la Iglesia lo excomulgó por haber atentado contra el convoy, detenerlo y luego dejarlo ir, y así, el gesto lo vieron como “clemencia con el enemigo de la insurgencia”.

Por su parte, Cabañas cuando llegó a Guadalajara, organizó su batallón de la cruzada contra los insurgentes, y creó “curas espías” en Guadalajara, Zacatecas y El Bajío, para encarcelar a los religiosos que hablaran bien de Hidalgo.