Opinión

El menú de Maximiliano en su paso por Sarabia

Sergio Hernández N.

En Villagrán se cumplieron en agosto 162 años del paso del efímero Emperador Maximiliano, quien siempre iba acompañado por una gran comitiva, desde su guardia personal, su cocinero, su mayordomo y el servicio imperial -José Luis Blasio-, su secretario y hasta su jardinero, de nombre Wilhelm Knechtel, de difícil pronunciación para el español, pues es alemán-austriaco.

En su primer viaje procedente de la ciudad de México a las tierras del Bajío, luego de pasar por Querétaro, Celaya y con rumbo a Irapuato, llegó a la hacienda de Sarabia, propiedad de una familia de apellido Sanz, una de las más ricas del Bajío, se ofreció el desayuno al Emperador.

Por hábito, el Desayuno Imperial para Maximiliano era servido, normalmente, a las 7:00 de la mañana, después de hacer una cabalgata de por lo menos una hora.

El desayuno fue chocolate con agua, preparado con un poco de masa para hacerlo espeso, al que los mexicanos lo conocen perfectamente como “champurrado”, y unos dos bollos vieneses, y algunos panecillos de leche.

Estos bocadillos eran solo un “tentempié”, pues en el almuerzo, le servían platillos de una mezcla franco-mexicana, que en sus giras eran variadas y no del gusto de toda su comitiva.

En algunos apuntes históricos, señalan por ejemplo que a la condesa Paula Kollonitz, que era la dama de compañía de Carlota, en notas  en su libro “Un viaje a México en 1864”, en donde dice que, en las haciendas del Bajío, les ponen mesas “amuebladas imperialmente”.

En la descripción de su primer desayuno, después de desembarcar y camino a la ciudad de México, probó las tortillas en la estación Soledad el 28 de mayo, y las describe “sin sabor, blandas, eran del tamaño de un plato, y eran hechas de harina de maíz”.

También en sus apuntes se queja de que “en ningún otro lugar hay tan poca comida disfrutable como aquí”, y que los platillos regionales que se servían, le recordaban “al negro potaje de los espartanos”.

El desayuno que se le sirvió a Maximiliano en Sarabia, sin lugar a dudas pudo ser uno que se adoptó para la Corte con: chocolate con agua y bollos vieneses que preparaba su panadero Camille Pirotte, consomé de knödeln***, huevos a la mexicana, tortillas recién hechas que siempre le gustaron al Emperador, aunque no a Paula, barbacoa de borrego de la hacienda, frijoles de olla, y fruta de la huerta.

Para beber, le daban vino de Burdeos que siempre llevaban en la diligencia imperial.

*** La traducción de Knödeln, en alemán austriaco,literalmente en singular quiere decir “bola, albóndiga. En español, lo más cercano es “albóndigas de pan” o “bolitas de migajón” y en este caso, para mejor comprensión sería “bolitas de migajón en caldillo”.