Opinión

DOBLE O NADA, GABO EN VOZ ALTA

Las tragedias pasan tan rápido que los días no nos alcanzan para indignarnos, y terminamos por atragantarnos los sollozos. El sábado, aun sin reponernos de los inauditos asaltos a los decenas de comensales que se encontraban departiendo en la cafetería Oscuro y Claro, y a otros más en el restaurant “La modorra”, circuló por la noche la noticia de un chico asaltado con violencia frente al Tecnológico.

En esta cotidianidad sepulcral, esta noticia, pudo haber sido como otras que nos aturden, que nos hacen bajar la vista, tratando de encontrar un segundo de reflexión para no maldecir en voz alta. Pero no, era otra herida en el corazón de los estudiantes del Tecno, el recuerdo de Fran está tibio…

Gabriel, esperaba el autobús para ir a su casa en Juventino Rosas, seguramente llevaba en su maleta la ropa para lavarla el fin de semana, y una larga lista de tareas. ¿Qué se puede pensar cuando se tienen 22 años, y uno ve en la esquina el porvenir guiñando un ojo? ¿Qué pensamiento cruzó por su cabeza cuando vio los ojos de su asesino? Quizá el miedo le hizo reaccionar y entregar voluntariamente su teléfono y el dinero del autobús, pero no fue suficiente. Su cuerpo recibió el piquete de una punta infame, que le fue arrancando la vida lentamente.

El día lunes amaneció nublado, pero a las tres de la tarde el cielo de Juventino Rosas está cubierto de nubes blancas. Las campanas de la iglesia repican, es un llamado a misa fúnebre, se percibe cierta desolación en el ambiente. En la plazoleta de la iglesia hay poca gente, en menos de cinco minutos llega un grupo de personas, bajan de una carroza un féretro de madera, se dirigen presurosos a la iglesia.

En segundos empiezan a llegar decenas de jóvenes. La plazoleta ya no está vacía. Hay rostros tristes, cabizbajos, son los Linces que acompañan la llegada de otro féretro, es el de Gabriel, el ataúd es blanco… Desde la entrada, se hace una valla de jóvenes vestidos con playera blanca, pantalón de mezclilla y globos en las manos. Cuatro hombres vestidos de negro cargan el ataúd, detrás de ellos, la familia de Gabo camina apresurada, su madre va vestida de blanco, los lentes negros no ocultan el pesar y la tristeza.

La misa comienza rápidamente, hay más de trecientas personas acompañando a dos jóvenes que han perdido la vida en circunstancias, y tiempos diferentes, pero es el mismo dolor que se filtra entre la gente, es el mismo dolor que brota de las flores y los rezos.

Gabriel estudiaba Ingeniera Industrial, era alto, delgado, atlético, usaba lentes y tenía una sonrisa casi siempre en su rostro. Le gustaba jugar voleibol, su número era el signo del infinito, el ocho.

Ellos han viajado 36 kilómetros en autobús para estar cerca de él. Ahora con una gran serenidad y respeto escuchan al sacerdote, pero parecería que su mente se nubla, hay un amigo que está inmóvil en un ataúd blanco, pero aun lo tienen cerca.

María Elena es Contadora Publica, no conoció a Gabriel, pero su hija coincidió con él en Perú, los dos estudiaban en el Tecno. Juventino Rosas es un pueblo chico, todos se conocen, y todos los padres de los estudiantes cuando sus hijos salen a las escuelas o de paseo a Celaya, se quedan con un nudo que no se pueden arrancar de la garganta. La Contadora se pregunta, con una expresión de mortificación que trata de esconder: ¿cómo protegemos a nuestros hijos?

Han sonado las campanas, repican con el mismo tono fúnebre, la misa ha terminado. En la torre derecha de la parroquia de la Santa Cruz, que se encuentra inconclusa, el reloj marca las 4.30 de la tarde. El fondo del cielo es azul, pero esta pintado de nubes blancas. Por la puerta de la parroquia, sale el ataúd de Gabriel, ahora es cargado por sus amigos. Nuevamente se hace una valla, y decenas de jóvenes al paso del cortejo, sueltan globos blancos que se elevan hacia el cielo. El próximo destino es el panteón municipal. El cortejo sale por la puerta de la plazoleta y doblan a la derecha, se hace una larga fila que cubre la amplitud de la calle.

El cielo se empieza a nublar y en un par de minutos cae una lluvia ligera, pero las personas continúan caminando. La lluvia arrecia, y aparecen los paraguas. Sobre los jóvenes, caen gruesas gotas de agua que poco a poco los van empapando. Hemos recorrido 4 kilómetros bajo la lluvia, la entrada al panteón está llena de lodo. El estrecho pasillo que queda entre las tumbas hace que se alargue la fila. El lodo se pega a los zapatos y el suelo se hace resbaloso.

La fila del cortejo se detiene en una carpa con lona café. Es el momento de la despedida, los rostros empiezan a cambiar, los ojos se hacen cristalinos. Solo se escuchan los ruidos de los cuerpos al moverse, es un silencio extraño porque nadie se atreve a hablar, han transcurrido dos minutos, el murmullo de la oración comienza y el llanto contenido se suelta, las oraciones no reconfortan… las voces entrecortadas repiten, “dale señor el eterno descanso… descanse en paz, así sea…”

Otra vez hay ese silencio que nos turba. Una voz rompe el silencio, le pide a sus amigos que se despidan, y otra voz de mujer les dice que le den su bendición… solo se escucha el llanto y la respiración entrecortada. Sus amigos y amigas se acercan, pronuncian palabras que solo ellos y él escuchan y entienden.

El féretro es cargado nuevamente, a unos metros de distancia está la sepultura, el destino final. Las lágrimas ahora escurren por las mejillas de sus familiares y amigos, uno a uno se acerca al ataúd y colocan rosas blancas. El dolor se rompe con el coro de los Linces: ¡Como no te voy a querer…!

Hemos caminado once mil quinientos pasos en la ida y el regreso. La memoria de Gabo está viva. El lunes se termina, pero la voz de los Linces se queda como una promesa, o quizá una advertencia: no te olvidaremos. Y así fue.

Revolcadero. La ciudad huele a camposanto.