Por: José Luis Ramírez
Una artesanía no es solo un objeto que puede decorar un espacio físico, una artesanía nos cuenta la historia de una comunidad, de una familia, de una persona. Hoy, en la Primera Feria de Cartonería y muestra artesanal que se realiza en el jardín de nuestra ciudad, me encontré con muñecas, caballitos, máscaras, corazones, toritos, alebrijes hechos con cartón, y con algo que no puedo explicar con claridad, con amor.
Hacer artesanía en un mundo donde se privilegia el plástico, y la repetición fría y frívola de productos utilitarios o recreativos, no es sencillo. Un artesano difícilmente vive de su trabajo porque no hemos desarrollado la cultura del aprecio a nuestra identidad, a nuestra cultura, a nuestras tradiciones. A pesar de ello, decenas de familias siguen disfrutando el goce de crear con sus manos y con su corazón, esos objetos que alguna vez llenaron el tiempo de juego infantil, de fervor religioso, o festivo de nuestros abuelos, y de sus abuelos. Cuando poseemos una artesanía, como en algún momento fue una canasta de uso cotidiano, un rebozo, una olla de barro no compramos el objeto en sí mismo, compramos una historia y un tiempo que no olvidamos.
En el recorrido encontré amigos y conocidos con los que alguna vez compartí tiempos de trabajo, y de emociones por darle vida a lo nuestro. Martín Estrada, y su hermano Genaro, han sido herederos de una actividad y tradición que su padre ejerció desde los años 30s del siglo pasado, la creación de juguetes de hoja de lata. Hoy en el siglo de lo “Smart”, sus carritos, los muebles diminutos nos cuentan una historia en un abrir y cerrar de ojos. Hasta el próximo domingo estarán exponiendo su trabajo, al igual que decenas de trabajadores culturales.
Hay una voluntad firme de nuestros artesanos celayenses por impedir que se borre nuestra memoria. Mantenerla viva, descubrirla siempre será emocionante. Debo decirle que encontré un torito rojo –de esos que pintó con singular belleza Rufino Tamayo-, no pude evitar que a mi mente llegaran las imágenes multicolores de los cohetes, y claro, nuestros abuelos corriendo y riendo a carcajadas en medio de una muchedumbre dispuesta a ser feliz, aunque fuera tan solo por un momento.
