De un somero análisis de las encuestas presentadas por Morena, sobre las que basó sus designaciones a coordinadores estatales, se entiende bien la razón de por qué no querían mostrarlas públicamente: en todas ellas se refleja que el partido está debilitado como resultado de una lucha que apenas inicia y cuyo enemigo es, nada menos, que él mismo…
Por: Íñigo Javier Rodríguez Talancón.
La publicación de las 17 encuestas estatales de Morena ha desnudado una realidad incómoda. El mito del consenso popular y la infalibilidad democrática del partido oficialista se ha topado de frente con las matemáticas. Los datos duros no mienten; lo que se pretendía vender como un ejercicio de vanguardia democrática terminó convertido en la viva estampa de la “carabina de Ambrosio”: un artefacto que se presume letal, pero que al final no sirve para nada.
Lo que más llama la atención no es tanto que las designaciones hayan recaído en aquellos que no lograron las mejores puntuaciones en estos muestreos, sino que todos, con la única excepción de la correspondiente al estado de Guerrero, provengan de militancias anteriores y dilatada tanto de PAN como del PRI; aquí cabe la pregunta sobre los cuadros militantes fundadores de Morena ¿Por qué de este modo tan claramente sistemático fueron excluidos para solo favorecer a los chapulines y chapulinas prianistas?
Los números apuntan a “triunfos” más bien pírricos y que deberían encender las alarmas en la cúpula. En estados clave como Nuevo León y Sonora, las coordinaciones se entregaron a perfiles que apenas rozaron el 14% y el 16% de la preferencia interna, respectivamente. Imponer en la designación a un liderazgo formal cuando casi el 80% de los encuestados se muestra en contra o indiferente no es una muestra de solidez institucional. Es, por el contrario, la formalización de la debilidad.
El discurso fundacional que reza que “el pueblo pone y el pueblo quita” se desvanece cuando la metodología ponderada premia el mero conocimiento público sobre la honestidad y genuina militancia reconocida. Peor aún, el rigor técnico se vuelve desechable cuando estorba a los acuerdos políticos. En Nayarit y San Luis Potosí, entre otros, el mandato de esas urnas simuladas fue desplazado sin pudor para cumplir con cuotas de género o para pagar facturas de coalición al Partido Verde. Las encuestas, entonces, no son faros democráticos, sino un instrumento de pretendida legitimación para decisiones ya tomadas en la verticalidad del poder.
La dirigencia nacional apuesta al pragmatismo de su maquinaria. Confían en que la marca, el peso de los programas sociales y la inercia del gobierno federal serán suficientes para aplastar cualquier disidencia que surja. Piensan que la firma forzada en un eventual pacto de unidad -al mismismo estilo del viejo PRI– o la amenaza de la exclusión política garantizan la disciplina. Sin embargo, cometen el error de asumir que la sumisión de las cúpulas locales se traducirá automáticamente en la obediencia de las bases en sus territorios.
Ahí radica el verdadero peligro para el partido. La disidencia actual no se manifestará necesariamente en rupturas estridentes o en desbandadas espectaculares hacia una oposición bastante inane y desarticulada. El enemigo real opera desde dentro y utiliza las armas del silencio y la discreta confabulación: el voto de castigo pasivo o la forzada simulación de un apoyo electoral que nunca ocurrirá.
Militantes y simpatizantes desencantados o molestos por las designaciones que los excluyen, acudirán a los mítines obligados por la estructura, sonreirán para la fotografía oficial, pero cruzarán los brazos durante las campañas. No moverán ni un voto comunitario para candidatos en los que no creen ni aceptan, y que les fueron impuestos desde la dirigencia nacional.
Morena opera hoy como una maquinaria electoral altamente centralizada, pero con un tejido interno profundamente agrietado. Ha decidido suplantar la legitimidad comunitaria por la conveniencia cupular. Al hacerlo, arriesga lo que parecía su activo más valioso: la mística de un movimiento que se decía diferente…
Las encuestas están a la vista de todos, y la simulación del proceso ha quedado expuesta. Forzar la maquinaria a base de imposiciones verticales puede asegurar candidatos anotados en las boletas, pero no en las urnas; la disciplina forzada sin garantías de compensaciones futuras, suele cobrar las facturas más caras.
Un último apunte:
En la lista final de quienes serán los candidatos y candidatas de Morena en la disputa por las 17 gubernaturas el próximo junio de 2027, las mujeres son mayoría con lo cual se cumple sobradamente con la equidad de género… pero hay una constante que se vuelve a repetir respecto a designaciones anteriores, y ahora llama mucho la atención: todas ellas son jóvenes, atractivas, y se presentan muy sonrientes y esmeradamente bien peinadas … pero con ello, al excluirse a las mujeres mayores, más reservadas o adustas, y que son muchas más que aquellas en méritos cívicos y experiencia política, se incumple en modo artero con otra necesaria equidad de edad y de condición… esto pareciera una curiosa coincidencia… pero no lo es.

