Opinión

LA VIOLENCIA ESCOLAR LLEGA A LAS CALLES Palabras Libres

Por: Ara Morales

Hoy muchas niñas, niños y jóvenes enfrentan acoso, intimidación y agresiones sin protocolos claros ni respaldo institucional efectivo.

La violencia escolar no es un hecho aislado, ni un problema menor que deba resolverse entre paredes. Es un reflejo directo de una descomposición social que estamos viviendo, y cuando ocurre en nuestras escuelas, lo que realmente está fallando es el tejido comunitario completo

En días recientes, un caso en el Cecyteg de San Juan de la Vega volvió a encender las alertas, amenazas hacia una estudiante escalaron a la violencia físicacontra una de las amigas de la estudiante amenazada. No es un caso aislado, es una señal

En Guanajuato, durante 2025 se registraron 602 casos de violencia escolar, una cifra superior a los 561 reportes de 2024, lo que evidencia que el problema no disminuye. De estos casos, 196 fueron considerados procedentes para investigación formal. En los diagnósticos previos, municipios como Celaya se mantuvieron entre los de mayor incidencia estatal, junto con León e Irapuato. Además, la mayor concentración continúa presentándose en nivel secundaria etapa crítica para el desarrollo emocional y social de niñas, niños y adolescentes.

Pero el problema no termina ahí.

Guanajuato también enfrenta una crisis silenciosa en salud mental. Con 568 suicidios registrados en 2023, el estado se ubicó en el cuarto lugar nacional. Aunque en 2024 la cifra descendió a 466 casos, una reducción cercana al 16%, Guanajuato se mantuvo entre las entidades con mayor incidencia del país, ahora en el quinto lugar nacional. Además, la tasa estatal continua por encima del promedio nacional, lo que confirma que el problema sigue siendo grave, especialmente entre jóvenes y hombres, los grupos más vulnerables.

No es coincidencia.

La violencia escolar, el acoso, la exclusión y la falta de acompañamiento emocional están directamente relacionados con la ansiedad, la depresión y el riesgo suicida. Lo que ocurre dentro de las aulas no se queda ahí: impacta la vida, la salud y, en casos extremos, la supervivencia de nuestras juventudes.

Hablar de violencia escolar es hablar de múltiples violencias que convergen: la violencia familiar no atendida, la normalización de la agresión como forma de resolver conflictos, la ausencia de acompañamiento emocional en niñas, niños y jóvenes, y la falta de intervención oportuna de las instituciones educativas.

La escuela debería ser un espacio seguro. Sin embargo, hoy muchas niñas y jóvenes enfrentan acoso, intimidación y agresiones sin protocolos claros o respaldo institucional efectivo.

Es aquí y ahora donde la omisión se vuelve evidente.

En México no partimos de cero. Entidades como Chihuahua, Jalisco, Guanajuato y la Ciudad de México cuentan con protocolos que establecen rutas claras de atención: detección, intervención, canalización y seguimiento, pero no es suficiente.

Algunos programas integrales han demostrado que la coordinación entre educación, salud y seguridad permite atender no solo los hechos, sino las causas de la violencia. A nivel nacional, existen herramientas, materiales y estrategias suficientes para prevenir el acoso escolar y fomentar la cultura de la paz.

Entre las herramientas encontramos el Programa Nacional de Convivencia Escolar (PNCE), impulsado por la Secretaría de Educación Pública, diseñados para operar en escuelas públicas de educación básica con materiales para docentes, estudiantes y familias. Es orientado al manejo de emociones, resolución pacífica de conflictos y prevención del acoso escolar. Sus guías pedagógicas han sido distribuidas en miles de planteles del país.

También funciona la estrategia Si te Drogas, Te Dañas, promovida por la Secretaria de Educación Pública y el Gobierno de México, que busca prevenir adicciones entre adolescentes mediante jornadas informativas, actividades escolares y participación comunitaria, atendiendo uno de los factores de riesgo vinculados con violencia y deserción escolar.

En materia de salud mental, se encuentra el modelo Jornada Nacional de Salud Pública y las acciones comunitarias de la Secretaría de Salud, incluyen detección oportuna de depresión, ansiedad, conductas suicidas y atención psicoemocional para niñas, niños y jóvenes.

Asimismo, la estrategia Mochila de Paz/Cultura de Paz Escolar”, (aplicada en distintos estados con variantes locales) promueven mediación escolar, círculos de diálogo, protocolos contra el bullying y participación de madres y padres de familia.

En seguridad y prevención social, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y gobiernos estatales han impulsado programas de Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia, con talleres deportivos, artísticos, habilidades socioemocionales y recuperación de espacios públicos cercanos a escuelas.

En México, el Programa Nacional de Convivencia Escolar”, mostró mejoras en habilidades psicoemocionales, manejo de conflictos y convivencia entre alumnos al integrar materiales para docentes, estudiantes y madres y padres de familia.

En Nuevo León, las escuelas que incorporaron psicólogos, talleres parentales y protocolos tempranos contra violencia reportaron menor incidencia de peleas y mejor asistencia escolar.

En Jalisco, municipios con redes entre escuelas, DIF, centros de salud y policía de proximidad fortalecieron rutas de atención para casos de bullying, violencia familiar y consumo de sustancias, evitando que muchos conflictos escalaran.

La evidencia internacional y nacional coincide en algo: cuando escuela, familia, salud pública y comunidad trabajan juntos, disminuyen agresiones, mejora el clima escolar y aumentan las posibilidades de desarrollo para niñas, niños y adolescentes.

Construir entornos seguros una tarea inaplazable.

Como podemos observar, el problema no es la falta de diagnósticos ni de programas. El problema es que, en muchos municipios, estas herramientas no se aplican, no se supervisan o simplemente se quedan en el papeldejando a la deriva el destino de miles de niños, niñas y adolescentes.

En Celaya y la región Laja-Bajío, no podemos seguir reaccionando solo cuando los casos se vuelven virales en redes sociales. Necesitamos una política integral de prevención que contemple brigadas psicoeducativas, escuela para padres, atención emocional itinerante, deporte comunitario y vigilancia preventiva en entornos escolares. No se trata solo de reaccionar ante una pelea, sino de construir entornos sanos antes de que la violencia aparezca.  

Por ello, es necesario impulsar Protocolos de prevención, obligatorios y públicos en todas las escuelas; atención psicológica accesible y permanente; capacitación docente en detección de conductas violentas y acoso escolar. Crear equiposespecializados de reacción rápida en conflictos y contención emocional. Pero, sobre todo, tener como eje la coordinación real entre autoridades educativas, municipales, de seguridad y padres de familia.

La violencia escolar no se resuelve con castigos ejemplares o discursos, sino con prevención, educación emocional y reconstrucción del tejido social. Lo que hoy vemos en las aulas, está trascendiendo alas calles, y cada vez es más peligroso. Ir a la raíz del problema nunca será demasiado tarde.

AL FINAL. La primera acción para enfrentar los problemas es conociéndolos. Urge que las escuelas entreguen los reportes de violencia escolar reales y se genere una estadística oficial para comprender cabalmente la magnitud del daño social, y la magnitud de la respuesta. No se vale trasladar la responsabilidad del estado por la generación de violencia escolar, a los padres de familia o a los maestros. Es una tarea de todos.