Opinión

LA LISTA DE CANDIDATAS Y CANDIDATOS DE MORENA A DISPUTAR LAS 17 GUBERNATURAS, O LA CÍNICA EXPRESIÓN DEL MAYOR “CAPULINEO” PRIANISTA…

Por: Íñigo Javier Rodríguez Talancón.

La conformación de las listas de candidatas y candidatos de Morena para disputar las gubernaturas en los próximos comicios, ha encendido un gran malestar en amplios sectores sociales sobre el estado de grave incongruencia política en el partido oficial y en el país.

El tránsito de personajes que durante toda su anterior trayectoria militaron, aplaudieron y operaron bajo las siglas de partidos tradicionalmente opositores como el PRI y el PAN hacia las filas de la llamada Cuarta Transformación,pone de relieve un fenómeno anómalo y persistente en el sistema político: el descarnado pragmatismo electoral por encima de cualquier identidad ideológica.

Para un sector de la ciudadanía, y de las propias bases fundacionales de Morena, esta práctica representa una contradicción directa con los postulados que dieron origen al movimiento.

Quienes se formaron en las estructuras del viejo régimen y lo abandonaron cuando este dejó de garantizar sus espacios de poder, hoy enarbolan banderas de izquierda que les son potizas y denuestan sin pudor su propio pasado. Este fenómeno, conocido localmente como “chapulineo”, no solo difumina la frontera entre las propuestas políticas, sino que plantea dudas legítimas sobre la representación auténtica del electorado.

La normalización del transfuguismo en México contrasta con la realidad de democracias institucionalmente consolidadas. En sistemas con partidos de fuerte tradición programática, el cambio de bando es castigado con severidad, tanto por los mecanismos de control interno como por la propia sociedad en las urnas. En esos entornos, la lealtad a una plataforma y la construcción de carreras desde las bases locales son la norma. Quien decide abandonar su bancada asume un alto costo político, que a menudo incluye el fin de su carrera pública por defraudar la confianza del votante.

En el escenario nacional, sin embargo, el diseño electoral tiende a privilegiar el capital político personal por encima de la militancia institucional. La urgencia por asegurar victorias territoriales rápidas y mantener mayorías legislativas lleva a las dirigencias a flexibilizar al extremo sus filtros de selección. Los defensores de esta estrategia argumentan que sumar perfiles competitivos es una necesidad táctica para garantizar la gobernabilidad y la continuidad de un proyecto amplio. Desde su óptica, el éxito en las urnas justifica la incorporación de liderazgos con estructura propia.

No obstante, esta lógica de sumas aritméticas genera un costo latente en la confianza ciudadana. Al priorizar la rentabilidad electoral sobre la cohesión ideológica, se diluyen los programas de gobierno y se corre el riesgo de convertir a los partidos en meras maquinarias destinadas a la obtención del voto. La militancia auténtica, que trabaja de manera permanente en territorio, frecuentemente se ve desplazada por figuras externas que acceden a candidaturas prioritarias sin méritos constatables ni haber compartido el proceso formativo del partido que ahora representan.

El análisis de esta dinámica invita a una reflexión profunda sobre la madurez de nuestra cultura democrática. Mientras la sanción social y electoral ante estos virajes siga siendo baja, los incentivos institucionales continuarán favoreciendo la movilidad de conveniencia. La estabilidad de un sistema de partidos consolidado requiere que estos funcionen como canales predecibles y transparentes de representación.

De lo contrario, las elecciones corren el riesgo de transformarse en disputas de marcas y personajes intercambiables al capricho o conveniencia de sus cúpulas, debilitando el mandato popular emitido en las urnas y postergando la consolidación de una verdadera política de principios.

Al haberse excedido en esta práctica del “chapulineo” y acoger a numerosos perfiles provenientes de la oposición —muchos de ellos cuestionados—, Morena corre el riesgo de obtener resultados electorales contraproducentes. Esta estrategia podría derivar en el rechazo de las urnas y en la pérdida de las posiciones que, paradójicamente, se buscaba conservar mediante estas decisiones.