Jeremías Ramírez Vasillas
Hay libros que se compran por equivocación y salvo raras coincidencias es un libro bueno. Por lo general, son bastante malos. Tal es el caso de Encender de nuevo las estrellas. Hace poco mis amigos escritores, en las redes sociales, publicaron, como reto, portadas de libros que les impactaron o les gustaron mucho. Como escritores es raro que mencionen un mal libro. La mayoría, por no decir todos los que tengo en mi lista de contactos, son muy exquisitos. De ellos he descubierto valiosas joyas.
Uno de ellos, un español que conocí en un encuentro de escritores en la ciudad de México, publicó uno titulado “El curioso incidente del perro a medianoche”, cuya portada era azul.
Un domingo que andaba en un centro comercial vi un libro de portada azul similar al que recomendó mi amigo. Lo tomé, leí el comentario de contraportada. Como no recordaba el título creí que era el mismo, y que dijo le había conmovido hasta las lágrimas. Por la breve reseña que hablaba de un amor otoñal se me hizo extraño. Pensé que seguramente era un buen libro, aunque la información, tanto de portada como de contraportada, no lo confirmaban. Dudé en comprarlo sin antes corroborar si se trataba del mismo libro, pero lo olvidé y la siguiente vez que fui al centro comercial, confiando en mi memoria (no debo hacerlo jamás), lo compré. Lo empecé a leer. El inicio no me pareció bueno, aunque el tema me llamó la atención: la viudez y el reencuentro con la vida amorosa en la ancianidad. Me hizo recordar una maravillosa película de Doris Dörrie, Cuando florecen los cerezos, en la que una mujer recibe una noticia fatídica: su marido tiene una enfermedad letal y en breve morirá. Ella busca brindarle a su marido, un hombre rutinario de espíritu poco aventurero, una buena experiencia antes de morir. Y se lo lleva de viaje, pero en el trayecto quien muere es ella y el hombre se siente perdido y no sabe qué hacer sin su mujer. Es una película bellísima.
A medida que avanzaba la lectura mi extrañamiento por los gustos de mi amigo iba creciendo. No era definitivamente una buena novela. Así que revisé su página y advertí mi error. El gasto ya estaba hecho, así que decidí aprovechar mi dinero y seguí leyendo: algo interesante debe tener el libro, me dije.
Lo terminé en pocos días y mi apreciación inicial no cambió pese a que la novela tiene algunos momentos interesantes que la autora no supo explotar porque estaba obsesionada con que dos ancianos, que acaban de perder a sus cónyuges, terminaran enamorándose, y lograran tener una experiencia amorosa como de adolescente, aunque para ello haya mandado al traste la verosimilitud.
No crean que me disgustan las historias de amor, pero es un tema delicado que no es fácil que alguien mantenga el equilibrio sin el caer en la sensiblería de telenovela, lo que sí sucede con esta novela.
Por un lado, nos presenta una mujer que ha vivido esclavizada a los deseos de su marido sin tener vida propia; ha sido un fantasmón que ha pasado de un amo a otro: del padre, al marido, y al final al hijo. Pero a sus 78 años queda viuda y tiene un arranque de rebeldía. Eso me gustó y era un filón a explotar por parte de la autora. Esta mujer es el personaje es el más interesante de la novela y con el que más se siente afinidad: uno ansía que se rebele y que tome ella sus propias decisiones, pues enerva que todo el mundo la quiera controlar.
Por otro lado, Marcel (de 68 años), es un argelino asentado en París, cuya familia huyó —cuando él era niño— de la violencia argelina, y recién ha perdido a su mujer de quien estuvo enamorado desde niño y cuyo amor (bastante inverosímil) no sufrió menoscabo, ni fisura alguna, pues siguió siendo tan intenso como es su adolescencia. Este es el personaje más artificioso y poco verosímil, y aún menos verosímil que, a pesar de que ha amado a su mujer tan intensamente, de pronto, sin decir agua va, se enamora de la anciana (mayor que él) que en nada se parece a su mujer, ya que es un tanto apocada, temerosa, prejuiciosa. A pesar de ello, sin proceso previo, se lanzan a vivir juntos y llevan una relación intensa, llena de viajes y de aventuras, pese a la edad de ambos y a las limitaciones propias de la vejez.
Hubiese sido más interesante una relación en la que se ahondara más en los problemas y dificultades que deben enfrentar como pareja y ver cómo van logrando sortearlos, que pintar una historia de amor propia de Hollywood. Enseña poco del fenómeno humano y nos deja una pírrica lección. Quizá la autora (Karine Lambert, de origen belga, quien además es fotógrafa) nunca consideró lo que los cuentos infantiles nos enseñan: que cuando la princesa finalmente se une al príncipe para vivir felices, es justamente cuando la historia se termina. Ningún cuento infantil gasta una página más o un minuto más de esa vida feliz y sin contratiempos. La narración se centra en los problemas que afrontan los héroes y como los superan. Llegando a la meta, se cierra el telón. Pero en esta historia, si bien la unión de ambos se da a pocos capítulos del final, la autora no tiene la facultad de meter el freno.
Es definitivamente una novela de vacaciones para lectores poco exigentes y proclives a los romances poco verosímiles, fantasiosos e irreales.
Espero que este haya sido mi último desliz y de ahora en adelante seré más cauto. Para resarcir el daño, la próxima semana reseñaré ese libro equivocado (El curioso caso del incidente del perro a medianoche) que es mucho más interesante.
Por cierto, si quieren leer un buen libro de amor senil, nada mejor que Agu Trot de Roal Dalh. Es una novelita breve en la que un anciano, enamorado de su vecina (que le gustan las tortugas) vive justo en el departamento de abajo. Como es muy tímido no se atreve a hablarle, pero se ingenia una estrategia para entablar una relación con ella a través de las tortugas. El título, también ingenioso, no es más que la palabra “tortuga” al revés. Leánlo, es enternecedor y muy divertido.
