Laja-Bajío

La llorona del río Izcuinapan en Suchitlán

Sergio Hernández N.

A propósito de las lluvias de la temporada veraniega actual y que se recuerda ahora con las precipitaciones regulares, copiosas y sin la construcción de la presa Allende al norte del estado, el río conducía mucha corriente que llenaba su cauce, nació una leyenda que muchos abuelitos contaban hace algunos años, aunque todavía por ahí alguien debe recordar.

La leyenda cuenta que hace muchos años, cuando todavía el rio Laja lo llamaban en otomí Izcuinapan -río de Perros- y su orilla estaba poblada de tule cerca el poblado de El Guaje,comenzó la historia.

En Suchitlán, una nativa otomí llamada Xochilt, se ganaba la vida lavando la ropa de los hacendados de Sarabia y varios días a la semana se le veía cargar “mantadas” de la ropa que mojaría en el río para lavarla.

En ese tiempo, aunque el río era pantanoso, con mucho tule y carrizal, había corrientes de agua limpia y se veían pasar carpas y bagres que también servían de alimento a la población del poblado.

Xochilt era viuda, había perdido a su esposo hacía poco más de un año, pero tenía un niño de dos años de nombre Chuga -Juan en otomí-, de quien se hacía acompañar siempre, pues no tenía con quien dejarlo para que se lo ciudaran.

Normalmente y junto con la ropa para lavar, se lo llevaba envuelto en un rebozo y lo acomodaba en una ”cama”, que le construía de tule y carrizos y lo acostaba en la sombra, cerca de su piedra que usaba de lavadero para tallar la suciedad de la ropa.

Pero un día de principios de septiembre, el cielo estaba muy nublado, negro y se recordaron los dichos de los viejos que decían que cuando el río huele a lodo, viene la creciente.

Xochilt, que platicaba a ratitos con el niño le dijo:

-No te salgas de tu camita, mi niño. 

Ya voy a terminar.

Y metió su cuerpo hasta la cintura para tallar la poca ropa que le faltaba.

El rio estaba con corriente bajita, tranquilo. Sin embargo, la noche anterior en la sierra de Guanajuato se registró lluvia toda la noche y se acumuló a lo largo del cauce. El agua no avisó y llegó de golpe.

Se escuchó un ruido sordo, espantoso como un trueno en la tierra. El agua pasó de cristalina a color chocolate en segundos. La corriente comenzó arrastrar carrizos, tules, troncos y animales, todo lo que había a su paso.

El instinto maternal de Xochilt la hizo voltear hacia la cama de tule, pero el rebozo y el niño ya no estaban. Gritó. Se lanzó al río. Lo buscó entre el agua, entre las raíces. Pero nada. El Izcuinapan se lo tragó.

Dese entonces no se fue

Desde entonces cuando el río crece, dicen que como a las tres de la mañana, entre los puentes de El Gallo y el viejo a Celaya, se escuchan entre el tule y el carrizo primero el llanto cortito y agudo de un niño.

Y Luego el de una voz de mujer que lo busca:

-¡Chuga! ¡Mi Chuga! ¿Dónde estás?

Algunas personas que se han acercado, dicen que han visto una sombra con rebozo blanco caminando sobre el agua, metiendo las manos al río, y que el río se calma cuando ella pasa.

Algunos viejos dicen que no hay que contestarle. Porque si le contestas, ella cree que tu tienes al niño y se te sube a la espalda hasta llegar a tu casa, y ya no se va.