Por: Íñigo Javier Rodríguez Talancón.
La colonia Alameda fue, durante décadas, el corazón y orgullo de la clase media en Celaya. Un oasis de tranquilidad, arquitectura residencial y convivencia familiar que hoy agoniza bajo el peso de la complicidad y el abandono gubernamental.
Lo que era un referente de plusvalía y orden se ha transformado en un monumento a la degradación urbana. La metamorfosis no fue un accidente; fue provocada por decisiones políticas con nombre y apellido.
El colapso comenzó con las modificaciones reglamentarias de los gobiernos panistas de Ismael Pérez Ordaz y Elvira Paniagua. Bajo la bandera del “desarrollo mixto”, (habitacional-comercial) abrieron las puertas de par en par a la anarquía.
Hoy, las calles Guillermo Prieto y Arroyo Ch. ya no pertenecen a sus habitantes. Fueron entregadas a la proliferación de bares y terrazas que operan con total impunidad.
En particular, avenidas emblemáticas que apenas hace algunos años era ruta de solaces paseos dominicales de la juventud, la Guillermo Prieto (“la Memo”) y Arroyo Ch., cambiaron de tono y alejaron a esas buenas concurrencias…
Música a decibeles intolerables y ambientes de abierto alcoholismo destruyen el descanso nocturno. Esta mancha de ruido y desorden ya empieza a reproducirse, de manera alarmante, en otras las calles interiores de la colonia.
La agresión al paisaje urbano no se detiene ahí. La calzada lateral oriental del emblemático Parque de la Alameda (que discurre paralela a la calle de Riva Palacio) se pobló, de súbito, de una masa caótica e insalubre de puestos ambulantes de comida y bisutería.
La armonía visual y el valor histórico del parque fueron sacrificados. La autoridad municipal permitió que un pulmón verde y familiar se convirtiera en un tianguis permanente que bloquea el tránsito, genera mucha basura y da un aspecto deplorable.
Detrás de este desorden físico y social se esconde un secreto a voces: la laxitud regulatoria y la indudable corrupción. Direcciones municipales como Desarrollo Urbano, Fiscalización y el propio IMIPE han operado como facilitadores de la decadencia.
Las consecuencias económicas ya son severas. El valor comercial de los inmuebles va en picada; el mercado inmobiliario residencial se desvaloriza ante las externalidades negativas de una zona de vicio.
Los propietarios originales se ven obligados a migrar, rematando el patrimonio de toda su vida. La Alameda sufre una degradación irreversible de su entorno, una pérdida total de civismo, orden y categoría.
Aquí radica la paradoja más dolorosa de esta crisis urbana: el comportamiento electoral de sus propias víctimas. En todas las secciones electorales de la Alameda, el voto a favor del PAN, partido que condujo el oficialismo en Celaya por décadas, ha sido históricamente abrumador.
Los habitantes han premiado en las urnas a las administraciones que los han agredido en su tranquilidad, seguridad y patrimonio. Las gestiones del inefable Pérez Ordaz y de la caterva de improvisados que le siguieron, han sido las más nefastas para el tejido social de esta zona.
Salvar a la Alameda requiere más que quejas vecinales aisladas y que la autoridad siempre acabará ignorando; exige de una ciudadanía dispuesta a romper su propia inercia electoral, a castigar la corrupción de los gobiernos municipales y las dependencias involucradas en este desorden, y presionar para que la ley y el orden vuelvan a gobernar sus calles antes de que la pérdida sea mayor.
Otro dicho:
Con la proyectada nueva estación del ferrocarril de pasajeros, cuyas obras ya se ejecutan, la gran afluencia vehicular y de personas usuarias que este servicio de transporte provocará, harán más agudos e insufribles los problemas de inseguridad y desequilibrio urbano de nuestra querida Alameda…

