A casi un siglo de existencia, el partido que construyó las instituciones de México enfrenta el reto más importante de su historia: reinventarse sin perder su esencia
Estefanía Montero
Cortazar, Guanajuato
Pocas organizaciones políticas en América Latina pueden decir que sobrevivieron guerras ideológicas, crisis económicas, alternancias presidenciales, transformaciones sociales y cambios generacionales durante casi cien años. El Partido Revolucionario Institucional sí puede hacerlo.
Y precisamente por eso resulta ingenuo pensar que el PRI está muerto.
Durante décadas, el PRI fue mucho más que un partido político. Fue una estructura de Estado, una escuela de cuadros, una maquinaria territorial y una fuerza capaz de construir acuerdos nacionales en un país históricamente fragmentado. Se podrá criticar —y con razón— muchos errores de su historia, pero negar su papel en la construcción institucional de México sería simplemente deshonesto.
El México moderno, para bien y para mal, no puede entenderse sin el PRI.
Las grandes instituciones públicas, la estabilidad política del siglo XX, buena parte de la infraestructura nacional, los sistemas de salud, educación, seguridad social y desarrollo urbano nacieron bajo gobiernos priistas. El país que hoy muchos dan por sentado fue levantado en gran medida durante décadas donde el PRI tuvo conducción política nacional.
Eso no significa idealizar el pasado ni ignorar excesos, corrupción o errores históricos. Significa reconocer una realidad política elemental: ningún partido se mantiene vigente durante casi cien años únicamente por casualidad.
Sin embargo, también es cierto que el PRI enfrentó una caída profunda.
La alternancia del año 2000 rompió una hegemonía que parecía imposible de terminar. Después vinieron derrotas electorales, desgaste de imagen, escándalos de corrupción y una desconexión creciente entre la dirigencia y sectores importantes de la ciudadanía. En muchos momentos, el partido pareció olvidar algo esencial: que ningún proyecto político sobrevive si deja de escuchar a la gente.
Y mientras el PRI se desgastaba internamente, surgieron nuevos movimientos que entendieron mejor el enojo social acumulado.
Muchos votantes no abandonaron al PRI necesariamente por odio ideológico; lo hicieron porque sentían distancia, soberbia o falta de autocrítica. Ese fue probablemente uno de los golpes más duros para el partido: perder la narrativa histórica de cercanía popular que durante décadas había sido una de sus mayores fortalezas.
Pero la política mexicana tiene memoria corta y ciclos muy rápidos.
Hoy, después de años de polarización extrema, confrontación constante y desgaste institucional, comienza a aparecer un fenómeno interesante: sectores ciudadanos que antes celebraban el derrumbe priista ahora observan con más matices el papel que el partido tuvo en la estabilidad política nacional.
Porque gobernar un país resulta mucho más complejo que ganar una elección.
Y ahí es donde el PRI enfrenta su reto histórico más importante rumbo a 2027: dejar de vivir únicamente de la nostalgia y construir una nueva identidad política capaz de conectar con generaciones que no crecieron bajo gobiernos priistas.
Ese es el verdadero desafío.
La nueva ciudadanía ya no responde automáticamente a estructuras tradicionales. Exige autenticidad, resultados, cercanía y perfiles preparados. Las campañas vacías, los discursos reciclados y las viejas prácticas políticas simplemente ya no funcionan igual. Si el PRI quiere recuperar competitividad real, necesita entender que la sociedad mexicana cambió profundamente.
Sin embargo, también posee algo que otros partidos todavía no logran construir completamente: estructura, experiencia territorial y permanencia histórica.
Muchos movimientos políticos recientes crecieron rápido electoralmente, pero siguen dependiendo enormemente de liderazgos individuales o coyunturas emocionales. El PRI, en cambio, sobrevivió décadas precisamente porque aprendió a institucionalizarse. Y aunque eso mismo en ocasiones lo volvió rígido, también explica por qué continúa existiendo mientras otros partidos desaparecieron tras pocos años de vida.
La permanencia política también es una forma de fortaleza.
Además, el PRI conserva algo que en política sigue siendo fundamental: cuadros con experiencia real de gobierno. Alcaldes, legisladores, operadores territoriales y perfiles técnicos formados durante generaciones. El problema no es ausencia de capacidad; muchas veces ha sido incapacidad para comunicar renovación genuina.
Porque las nuevas generaciones no quieren únicamente experiencia. Quieren credibilidad.
Y eso obliga al PRI a hacer algo incómodo pero indispensable: reconocer errores sin complejos y reconstruir confianza desde abajo. No mediante nostalgia vacía, sino demostrando que todavía puede representar estabilidad, capacidad institucional y cercanía social en un país cada vez más cansado de confrontación permanente.
La elección de 2027 será particularmente importante por eso.
No solo definirá posiciones políticas; también mostrará si el PRI logró transformarse en oposición moderna o si continuará atrapado entre el peso de su pasado y las exigencias del presente. El partido necesita nuevos liderazgos, nuevos discursos y nuevas formas de conectar con una ciudadanía más crítica e informada.
Pero también necesita dejar de disculparse por existir.
Porque en ocasiones ciertos sectores políticos intentan reducir toda la historia del PRI a caricaturas simplistas. Y aunque toda fuerza política debe asumir responsabilidad sobre sus errores, también es cierto que México no sería el país que es hoy sin las décadas de construcción institucional impulsadas por gobiernos priistas.
Las carreteras, universidades, hospitales, presas, sistemas públicos y estructuras nacionales no aparecieron espontáneamente.
Fueron producto de proyectos políticos concretos.
Y quizá ahí radica una de las grandes oportunidades del PRI hacia el futuro: volver a hablar de construcción nacional en tiempos donde la política muchas veces se reduce únicamente a propaganda emocional inmediata.
México sigue necesitando instituciones fuertes, estabilidad, acuerdos y visión de largo plazo. La ciudadanía puede exigir renovación —y tiene razón en hacerlo—, pero también comienza a entender que destruir estructuras históricas resulta mucho más fácil que construirlas nuevamente.
El PRI no enfrenta únicamente una elección. Enfrenta una prueba de identidad.
Debe decidir si será un partido atrapado permanentemente en la nostalgia de lo que fue o una fuerza política capaz de modernizarse sin renunciar a su historia. Y aunque muchos llevan años anunciando su desaparición definitiva, la realidad política demuestra otra cosa: pocos partidos en el continente han resistido tanto tiempo, tantos golpes y tantas transformaciones nacionales como el PRI.
Eso no ocurre cuando un proyecto político está muerto.
Ocurre cuando todavía conserva capacidad de adaptación, estructura territorial y una base social que, aunque golpeada, sigue existiendo en millones de mexicanos.
Porque al final, más allá de filias o fobias políticas, hay una verdad histórica difícil de negar: el PRI ayudó a construir este país.
