Cortazar, Guanajuato
Estefanía Montero
Hemos convertido cualquier momento de silencio en una emergencia que debe resolverse con una pantalla, una conversación o algún estímulo. El problema es que quizá, mientras intentamos escapar del aburrimiento, también estamos perdiendo la capacidad de escucharnos.
Hace algunos años era perfectamente normal que una persona tuviera que esperar. Esperar el autobús, esperar a que alguien llegara a una cita, esperar una llamada, esperar en la recepción de un consultorio o simplemente esperar a que terminara la tarde. No había demasiadas alternativas para ocupar esos minutos y, por lo general, tampoco parecían necesarias. Uno observaba a la gente, miraba por la ventana, pensaba en cualquier cosa o sencillamente permanecía ahí. Hoy esa misma escena puede parecer extraña. Basta con observar una sala de espera para descubrir que la mayoría de las personas tiene los ojos puestos en una pantalla y que cualquier intervalo de silencio se llena casi de inmediato con alguna forma de entretenimiento.
La tecnología ha resuelto muchas de nuestras incomodidades cotidianas, pero también ha modificado nuestra relación con el tiempo. Tenemos acceso inmediato a música, películas, noticias, conversaciones, fotografías, juegos y una cantidad prácticamente infinita de contenido. Podemos hablar con alguien que está a miles de kilómetros, pedir comida sin levantarnos del sillón y encontrar la respuesta a casi cualquier pregunta en cuestión de segundos. Todo eso representa un avance extraordinario. El problema aparece cuando esa disponibilidad permanente nos hace sentir que cualquier momento sin estímulo es un momento desperdiciado.
El aburrimiento comenzó a parecernos una falla que debemos corregir.
Si tenemos cinco minutos libres, sacamos el teléfono. Si estamos comiendo solos, buscamos algo que mirar. Si manejamos, necesitamos música o un podcast. Cuando nos acostamos, muchas veces no apagamos el mundo exterior: lo llevamos con nosotros a través de la pantalla. Incluso cuando estamos acompañados, existe la tentación de revisar qué ocurre fuera de la habitación. La consecuencia es que cada vez tenemos menos momentos en los que nuestra mente no está respondiendo a algo producido por alguien más.
Y quizá ahí comienza un problema del que hablamos mucho menos.
El aburrimiento no es necesariamente ausencia de actividad mental. En ocasiones es exactamente lo contrario. Cuando dejamos de recibir estímulos, la mente empieza a hacer conexiones por sí misma. Aparecen recuerdos, ideas, preocupaciones y preguntas que no tenían espacio mientras estábamos ocupados respondiendo mensajes o consumiendo contenido. Por eso puede resultar incómodo. El silencio no siempre nos ofrece tranquilidad; a veces nos obliga a escuchar cosas que hemos estado posponiendo.
Hay personas que descubren que están agotadas cuando finalmente dejan de trabajar. Otras se dan cuenta de que llevan meses insatisfechas con su relación cuando ya no tienen pendientes suficientes para distraerse. Algunas descubren que están viviendo una rutina que dejaron de disfrutar hace mucho tiempo, pero que han mantenido porque no se han dado la oportunidad de preguntarse qué quieren realmente. Mantenerse ocupado es una estrategia bastante eficaz para evitar ciertas preguntas.
No significa que todo uso de la tecnología sea perjudicial ni que debamos regresar a una época imaginaria en la que las personas vivían felices sin teléfonos celulares. Esa nostalgia tampoco ayuda. La tecnología forma parte de nuestra vida y continuará haciéndolo. El punto es otro: una herramienta es útil mientras nosotros decidimos cuándo utilizarla. Cuando sentimos una necesidad automática de acudir a ella cada vez que aparece un momento vacío, probablemente ya no estamos tomando una decisión consciente.
Hay algo especialmente interesante en observar a los niños pequeños cuando se aburren. Al principio protestan. Dicen que no tienen nada que hacer. Buscan alguna actividad. Después, si nadie interviene inmediatamente para entretenerlos, comienzan a inventar algo. Un objeto cualquiera se convierte en un juguete, una habitación se transforma en escenario y una tarde aparentemente perdida termina produciendo una historia que ningún adulto habría planeado. La imaginación necesita espacio, y ese espacio suele aparecer precisamente cuando no existe una actividad programada.
Los adultos también necesitamos ese espacio, aunque hayamos olvidado cómo utilizarlo.
La presión por aprovechar cada minuto tampoco ayuda. Hemos convertido la productividad en una especie de virtud moral. Si trabajamos mucho, somos responsables. Si tenemos una agenda llena, somos importantes. Si siempre estamos ocupados, parece que nuestra vida tiene dirección. Incluso el descanso necesita una justificación: descansamos para recuperar energía, para rendir mejor, para volver al trabajo. Parece que simplemente descansar porque sí ya no es suficiente.
Pero no todo momento tiene que producir algo.
Una conversación que no lleva a ninguna conclusión puede ser valiosa. Una caminata sin objetivo puede ser agradable. Una tarde sin planes puede resultar necesaria. Leer por placer, mirar por la ventana o simplemente sentarse en una plaza no son actividades inútiles porque no aparezcan en un currículum. La vida no puede reducirse a una lista de resultados.
También estamos llevando nuestra incapacidad para tolerar el aburrimiento a las relaciones personales. Existe una expectativa cada vez más fuerte de que una pareja debe mantenernos permanentemente entretenidos. Esperamos mensajes constantes, planes frecuentes, experiencias especiales y una sensación permanente de emoción. Cuando llega la rutina, algunas personas interpretan inmediatamente esa normalidad como señal de que algo se ha perdido.
Sin embargo, una relación real tiene una enorme cantidad de momentos ordinarios. Dos personas que viven juntas tienen que resolver asuntos domésticos, trabajar, descansar y atravesar días en los que simplemente no ocurre nada extraordinario. La capacidad de compartir esos momentos sin sentir que la relación está fracasando puede ser una señal mucho más importante de madurez afectiva que la cantidad de fotografías románticas que una pareja publica.
Lo mismo sucede con la amistad. No todas las conversaciones tienen que ser memorables. No todas las reuniones necesitan terminar en una fotografía. Hay amistades que sobreviven precisamente porque permiten la comodidad de estar juntos sin tener que producir constantemente una experiencia.
El problema es que las redes sociales nos han acostumbrado a observar únicamente los momentos editados de la vida de los demás. Vemos el viaje, pero no las horas de espera en el aeropuerto. Vemos la cena, pero no la discusión que ocurrió antes de salir. Vemos el cumpleaños, pero no los meses difíciles que atravesó esa persona. Vemos la fotografía y creemos conocer la experiencia completa.
Entonces comenzamos a exigirle a nuestra propia vida que produzca escenas similares.
Una tarde tranquila empieza a parecernos poco interesante. Una relación estable parece menos emocionante que una llena de conflictos. Un trabajo normal parece insuficiente frente a las historias de éxito que aparecen en internet. Incluso nuestros fines de semana pueden convertirse en una competencia silenciosa por demostrar que tenemos una vida suficientemente interesante.
Y mientras intentamos demostrar que estamos disfrutando, podemos terminar dejando de disfrutar.
La mayor parte de nuestra existencia no estará compuesta por grandes acontecimientos. No todos los días habrá viajes, celebraciones, ascensos, romances, fiestas o noticias importantes. La vida cotidiana ocupará mucho más espacio. Y si no aprendemos a estar bien también en ella, estaremos condenados a esperar permanentemente el próximo gran acontecimiento.
Tal vez la pregunta no sea cómo conseguir que nuestra vida sea más emocionante, sino si hemos aprendido a valorar los momentos que no lo son.
Porque una vida que necesita ser estimulante todo el tiempo termina agotándonos.
Y quizá después de tantos años intentando llenar cada silencio, el verdadero lujo contemporáneo sea poder sentarnos un momento, guardar el teléfono y descubrir qué sucede dentro de nuestra propia cabeza cuando ya no hay nada más que mirar.

