Sergio Hernández N.
Una nota que publicó El Sol del Bajío con fecha 28 de febrero del 2022, escrita por Lupillo Sánchez en la que señala que Silvano R. Ramos fue el compositor de la canción de “El rancho Grande”, y que fue escrita en 1934 y que en esta fecha se cumplieron 79 años de su fallecimiento.
Sin embargo, como diría el clásico “yo tengo otros datos”, no fue el autor, más bien fue un “regalo” del su verdadero autor, Agustín Arroyo Chagoyán el que no era celayense sino oriundo de Pueblo Nuevo, y aunque una de las calles principales en la Alameda lleva su nombre, erróneamente le dice “Arroyo Chico”, cuando realmente es Chagoyán.
Contaba mi amigo, un erudito con buena memoria histórica, Francisco “Paco” Jaramillo Borrego, que el autor fue realmente Agustín Arroyo Chagoyán y en un arranque de bohemia, se la regaló a Silvano Ramos quien a la sazón era un músico como los que existían en aquellos años 30, y que iban de cantina en cantina para tocar a los parroquianos.
Pero Agustín Arroyo Chagoyán no solamente compuso esa canción, pues por la vena de este político pasaban las letras de varias poesías.
Su preparación literaria la hizo con su grupo de liberales, que marcaron pauta durante la guerra cristera en la que participó activamente, y sus acciones fueron significativamente contra los representantes de la iglesia y de las acciones que tenían los católicos en el pico de Cristo Rey en Silao, cuando trataron de instalar una figura del Sagrado personaje.
Otra obra literaria que se asigna a su pluma y que después le pusieron música, fue la canción “Albur de amor”, y quizá hubo otras, pero no tan destacadas, aunque esas dos las “regaló” Agustín, sin saber que algún día fueran tan famosas y hasta la fecha, son famosas porque las interpretaron muchas estrellas como Pedro Infante, Jorge Negrete, Bing Crosby, Gene Autry y Elvis Presley entre otros.
Incluso, se hizo una película con este nombre y traspasó las fronteras principalmente gringas con subtítulos en inglés para que los cinéfilos las pudieran entender.
Arroyo “Ch”. o Chagoyán, era un bohemio que emigró de su natal Pueblo Nuevo para llegar a Celaya cuando era un niño.
Fue cartero también, su familia principalmente su madre a él y sus hermanos, entre ellas Guadalupe mi abuela paterna, los obligaban a rezar el rosario todos los días a las seis de la tarde.
Pero como Agustín, un niño adolescente, al levantarlo de madrugada, para vender peines “liendreros”, que eran para “despiojar” las cabelleras sucias de las niñas y niños de cabellos largos, y que eran hechos por los presos de los cuernos de las vacas sacrificadas en el rastro, en lugar de contestar “ruega por nosotros” en el rosario, decía, con ojos cansados y soñolientos, “lleve sus peines para quitar piojos a cinco centavos” y recibía siempre unos pellizcos y jalones de orejas, que lo volvían a la realidad del rezo, algunos minutos más.
Con el tiempo, Agustín Arroyo Chagoyán, trabajó con varios presidentes de la República y uno de los que asesoró fue a Adolfo López Mateos, pero este señor, le dijo en la intimidad, “porque no quiere ser usted el candidato, Don Agustín, pero le contestó, “Mira hijito, si tuviera 20 años menos, lo haría, pero ya se me pasó mi tiempo, sigue tú”.
A mi tío lo conocí cuando tendría unos cinco o seis años.
Jugué en una alfombra roja, ante un escritorio grande, con acabados de gran buen gusto.
Mis abuelos y mis padres hablaron de sus cosas de adultos que nunca entendí, solo me acarició Agustín y yo seguí echando maromas en la gran alfombra roja de su oficinota.
Creo que fue la última vez que estuve allá, pero no se me olvidó.
Respeto lo que haya dicho Rafael Soldara respecto a Silvano Ramos, pero tendría razón si la registró, pero si fue “verbal” quedará en la historia como la otra de “Albur de Amor” del mismo autor, a ver quién la reclama…
