Estefanía Montero
Cortazar, Guanajuato
El inicio de las precampañas no solo marca el arranque de una nueva competencia electoral; también expone con crudeza una realidad incómoda: la distancia entre el discurso político y el trabajo real. Cada ciclo electoral trae consigo promesas recicladas, discursos de continuidad y aspiraciones de reelección que, en muchos casos, no están respaldadas por resultados tangibles.
La pregunta que debería guiar este proceso es simple, pero pocas veces se formula con honestidad: ¿quiénes realmente gobernaron y quiénes solo ocuparon el cargo?
La reelección como derecho legal, no como cheque en blanco
La posibilidad de reelección es una figura legal válida. Está contemplada en la Constitución y responde a una lógica democrática: permitir la continuidad de proyectos exitosos y premiar el buen desempeño. El problema no es la reelección en sí, sino la pretensión de repetir cargo sin haber cumplido con la función pública.
En teoría, la reelección debería ser una consecuencia natural del trabajo bien hecho. En la práctica, se ha convertido para algunos en una ambición personal desconectada de resultados, diagnósticos o rendición de cuentas.
Gobernar no es posar para la foto, ni asistir de manera esporádica a eventos públicos. Gobernar implica tomar decisiones, asumir costos políticos y responder ante la ciudadanía.
Funcionarios ausentes, pero muy activos en campaña
Uno de los mayores retos del estado es la normalización de la simulación política. Diputados que apenas legislaron, regidores que guardaron silencio durante años y funcionarios que evitaron cualquier postura incómoda ahora buscan convencer al electorado de que merecen repetir.
La memoria institucional y ciudadana no debería ser tan corta.
Quienes aspiran a reelegirse tendrían que responder preguntas básicas:
¿qué iniciativas impulsaron?,
¿qué problemas resolvieron?,
¿qué resultados pueden mostrar más allá del discurso?
La ausencia de respuestas claras suele compensarse con propaganda, slogans vacíos y presencia en redes sociales. Pero gobernar no es administrar likes.
El costo de la omisión legislativa y municipal
En el ámbito legislativo, el rezago es evidente. Iniciativas detenidas, debates evitados y una preocupante tendencia a priorizar la disciplina partidista por encima del interés público. Muchos congresos locales se han convertido en espacios de trámite, no de deliberación.
A nivel municipal, la situación no es distinta. Regidores que nunca alzaron la voz ante malas decisiones, que no fiscalizaron ni cuestionaron, ahora buscan reelegirse sin haber ejercido el papel de contrapeso que les corresponde.
La omisión también es una forma de responsabilidad. No hacer nada cuando se tiene la obligación de actuar es fallarle a la ciudadanía.
Reconocer lo que sí se ha hecho bien
No todo es negativo. Sería injusto no reconocer a quienes sí han trabajado, incluso en contextos adversos. Hay gobiernos municipales y representantes que, con recursos limitados, han dado resultados medibles, han mantenido cercanía con la ciudadanía y han apostado por políticas públicas con impacto real.
A esos perfiles, la reelección no debería causar escándalo, sino continuidad. Gobernar bien no debería ser la excepción que se aplaude, sino el estándar mínimo.
Reconocer el buen desempeño también es una forma de fortalecer la vida democrática.
La ciudadanía frente a la narrativa electoral
El mayor reto no es solo de los gobiernos, sino de la ciudadanía. Normalizar la mediocridad política es permitir que se repita. Exigir resultados no es ser opositor; es ser responsable como elector.
La filósofa Hannah Arendt advertía que la banalización del poder comienza cuando se deja de cuestionar. Cuando se acepta la ineficiencia como algo inevitable, la política pierde sentido.
Este proceso electoral debería ser una oportunidad para evaluar, no solo para elegir. Comparar promesas con hechos, discursos con acciones, presencia mediática con trabajo real.
El riesgo de la política sin memoria
La política sin memoria favorece a quienes no han cumplido. Permite que se reinventen narrativas, que se maquillen fracasos y que se presenten como logros acciones mínimas o tardías.
La reelección sin evaluación previa vacía de contenido a la figura democrática que la sustenta. Convertirla en un privilegio automático debilita la confianza pública y refuerza el desencanto ciudadano.
Un llamado a la coherencia política
Quien busca reelegirse debería hacerlo desde la congruencia. Mostrar resultados, asumir errores y explicar decisiones. La autocrítica también es una forma de liderazgo.
Gobernar no es un favor que se hace a la ciudadanía; es una responsabilidad temporal que se ejerce con recursos públicos. Y pedir el voto nuevamente sin haber cumplido debería, al menos, generar un escrutinio riguroso.
El verdadero reto del estado
El verdadero reto no es ganar una elección, sino recuperar la credibilidad institucional. Demostrar que la política puede ser un espacio de servicio y no solo de ambición personal.
Este inicio de precampañas debería marcar un punto de inflexión: menos discursos y más balances, menos promesas y más resultados, menos simulación y más responsabilidad.
Porque la reelección no se merece por querer seguir, sino por haber sabido gobernar.
Y eso, en democracia, debería quedar claro para todos.
